Todas las series (los dramas, al menos) de HBO siguen, a grandes rasgos, el mismo esquema. Necesitan varios episodios para ir arrancando, por lo menos cuatro o cinco en cada temporada, episodios en los que conocemos a los personajes y vamos viendo los flecos iniciales de la trama (o en los que nos presentan las nuevas situaciones de todos, si estamos ya en temporadas posteriores a la primera), y más o menos cuando se aproxima la mitad de la entrega, y se acaba la fase de introducción, como quien dice, van sucediéndose cosas que o profundizan en esos personajes o sirven para lanzar la trama definitivamente hacia el clímax del final. Esto es algo que siempre traemos a colación cada vez que HBO estrena un nuevo drama, y prácticamente se cumple, más o menos, en el 80% de sus títulos. Algunos escapan a él porque pueden ser en el fondo series de network de hace diez años, como "The Newsroom", o porque van completamente a su rollo, pero en otros casos, suelen seguir este patrón de la cocción lenta casi al pie al letra (¿Alguien dijo "Boardwalk Empire"?).
Dentro de ese esquema general hay, no obstante, otro aún más curioso, que es el de "The Wire". Cada una de sus temporadas empezaba de la misma manera, necesitando varios capítulos para mostrarnos todas las piezas de la nueva fase del juego hasta que, de repente, todas las conexiones quedaban tan claras ante sus ojos, que te parecía mentira que no te hubieras dado cuenta. Seguían entonces varios episodios en los que había alguna pequeña resolución de alguna historia, o se preparaba el terreno para la recta final, y cuando llegabas al penúltimo episodio, la serie se marcaba el punto álgido de la temporada, el clímax en el que los policías detenían finalmente a alguien, o en el que algún plan se ponía definitivamente en marcha, o en el que alguien moría (si el guionista del capítulo en cuestión era George Pelecanos, eso podía darse por seguro). Después del "subidón", el último episodio de la temporada era el del "bajón", el epílogo, el que te mostraba cómo quedaban las cosas ahora y, si era necesario, ponía las semillas para el arranque de la siguiente temporada.
Por supuesto, siendo otra serie de David Simon, "Treme" sigue este esquema a su manera, pues ahí no existe una trama como tal, o no tan clara y diferenciada como podía estarlo en "The Wire". Pero lo más curioso es ver cómo uno de los últimos grandes éxitos de HBO, "Juego de tronos", se ajusta al patrón de los policías y los camellos de Baltimore prácticamente punto por punto. En las dos temporadas que se han emitido hasta ahora, sus primeros cuatro o cinco capítulos han sido de presentación (mucho más en la primera, claro) y el noveno (que es el penúltimo de cada entrega) es en el que ocurre algo impactante cuyas consecuencias se dejan sentir por todo el resto de la serie. En la primera temporada tuvimos el "juicio" a Ned Stark; en la segunda, la batalla del Aguasnegras, y si nos fiamos del título del noveno capítulo de la tercera temporada, "The rains of Castamere" (y que está escrito por el propio George R.R. Martín), tendremos otro evento de ese estilo en esa tercera entrega. Luego, los episodios que cierran la temporada se dedican a mostrar las consecuencias de ese hecho y a sentar las bases para la próxima.
Que "The Wire" y "Juego de tronos"compartan a un actor como Aidan Gillen nos puede llevar a buscar grandes mezclas como la del Tumblr "A song of Ice and Wire", o darse cuenta de que una de las frases más famosas de la serie de David Simon se aplica a la perfección a la de D.B. Weiss y David Benioff: "Si vas a por el rey, es mejor que no falles".
06 marzo 2013
05 marzo 2013
Los cuentos asombrosos de Charlie Brooker
Como apuntaba Rosa Belmonte hace poco, Charlie Brooker no ha inventado nada con "Black Mirror". Sus historias sobre ese futuro muy presente, ligeramente distópico y marcado por el "cuelgue" total de la gente de la tecnología y las redes sociales, están bebiendo de una tradición que él mismo reconoció cuando se estrenó la primera temporada, una tradición que va a series de antologías como "La dimensión desconocida", "Más allá de la relidad" y hasta "Cuentos asombrosos". Incluso series infantiles como "El club de medianoche" proceden de esa tradición de series cuyos episodios son totalmente autoconclusivos e independientes, contando breves historias de ciencia ficción y terror. También es muy posible que, tras la emisión de los tres capítulos inaugurales de "Black Mirror", comentáramos óomo a veces su tono los emparentaba con "Alfred Hitchcock presenta", y todos ellos son títulos de los que Brooker reconoció que lo habían influenciado.
El multifacético guionista británico no ha inventado la pólvora, pero está claro que sí sabe lo que está haciendo y cómo insuflar frescura a esa tradición de las antologías de género. Muchas veces hemos dicho que la mejor ciencia ficción es la que habla de nosotros mismos, de nuestra sociedad contemporánea, aunque en la superficie no lo parezca, y "Black Mirror" se encuadra también en esa otra tradición. No olvidemos que "La guerra de los mundos" no iba sobre la invasión de la Tierra por parte de los marcianos, sino del colonialismo europeo en África. De este modo, cada uno de los capítulos de la serie de Channel 4 no va en realidad sobre los avances de la tecnología o nuestra obsesión por las "pantallas negras", sino de cosas mucho más humanas, ya sea el duelo frente a la pérdida de un ser querido, el modo en el que se convierte la administración de justicia en un espectáculo, cómo el populismo barato y demagogo logra grandes respuestas inmediatas entre los desencantados de la política, la responsabilidad social del arte o la naturaleza obsesiva los celos, por poner sólo algunos ejemplos.
Es fácil quedarse sólo en la superficie, en la crítica a Twitter o en cómo utilizan aplicaciones tecnológicas que parecen futuristas pero que, en realidad, están en desarrollo y a punto de comercializarse, pero en realidad "Black Mirror", como ya hemos comentado en otras ocasiones, se centra en aspectos un poco oscuros de nuestras almas. Y recicla a veces tramas que hemos leído en "Un mundo feliz" o visto en "Perseguido" (que entre "Los juegos del hambre" y esto, me sorprende recordar aún esta película con Arnold Schwarzenegger, basada en un relato de Stephen King), pero lo hace desde su prisma particular. Brooker busca inquietarnos, entretenernos y sí, también hacernos pensar, pero es una serie mucho más clásica de lo que podríamos creer si sólo leemos críticas que prácticamente dicen que ha reinventado la ciencia ficción. Lo que pasa es que retoma una tradición que casi se había abandonado, y lo hace con muy buen tino.
P.D.: El otro día, "Todo series" empezó por Twitter algo así como una "porra" para que los fans ordenaran los seis capítulos de "Black Mirror" por orden de preferencia. De más a menos, yo los situaría así: "Be right back" - "The entire history of you" - "White Bear" - "15 millon merits" - "The Waldo moment" - "The national anthem".
El multifacético guionista británico no ha inventado la pólvora, pero está claro que sí sabe lo que está haciendo y cómo insuflar frescura a esa tradición de las antologías de género. Muchas veces hemos dicho que la mejor ciencia ficción es la que habla de nosotros mismos, de nuestra sociedad contemporánea, aunque en la superficie no lo parezca, y "Black Mirror" se encuadra también en esa otra tradición. No olvidemos que "La guerra de los mundos" no iba sobre la invasión de la Tierra por parte de los marcianos, sino del colonialismo europeo en África. De este modo, cada uno de los capítulos de la serie de Channel 4 no va en realidad sobre los avances de la tecnología o nuestra obsesión por las "pantallas negras", sino de cosas mucho más humanas, ya sea el duelo frente a la pérdida de un ser querido, el modo en el que se convierte la administración de justicia en un espectáculo, cómo el populismo barato y demagogo logra grandes respuestas inmediatas entre los desencantados de la política, la responsabilidad social del arte o la naturaleza obsesiva los celos, por poner sólo algunos ejemplos.
Es fácil quedarse sólo en la superficie, en la crítica a Twitter o en cómo utilizan aplicaciones tecnológicas que parecen futuristas pero que, en realidad, están en desarrollo y a punto de comercializarse, pero en realidad "Black Mirror", como ya hemos comentado en otras ocasiones, se centra en aspectos un poco oscuros de nuestras almas. Y recicla a veces tramas que hemos leído en "Un mundo feliz" o visto en "Perseguido" (que entre "Los juegos del hambre" y esto, me sorprende recordar aún esta película con Arnold Schwarzenegger, basada en un relato de Stephen King), pero lo hace desde su prisma particular. Brooker busca inquietarnos, entretenernos y sí, también hacernos pensar, pero es una serie mucho más clásica de lo que podríamos creer si sólo leemos críticas que prácticamente dicen que ha reinventado la ciencia ficción. Lo que pasa es que retoma una tradición que casi se había abandonado, y lo hace con muy buen tino.
P.D.: El otro día, "Todo series" empezó por Twitter algo así como una "porra" para que los fans ordenaran los seis capítulos de "Black Mirror" por orden de preferencia. De más a menos, yo los situaría así: "Be right back" - "The entire history of you" - "White Bear" - "15 millon merits" - "The Waldo moment" - "The national anthem".
04 marzo 2013
Cuando lo pequeño es grande
Cuando Amy Sherman-Palladino dejó de dedicarse a la danza y empezó a buscarse la vida como guionista, su primer trabajo fue en "Roseanne", una comedia que no sólo es de las que más éxito ha tenido en la televisión estadounidense, sino que influenció también a otras sitcom con sus tramas en las que bien podía no pasar nada y cómo sus personajes podían de repente decirse algunas de las cosas más sentidas impulsados por una nimiedad como, a lo mejor, haberse cortado con un folio. En aquella sala de guionistas, el mantra era "haz lo grande, pequeño y lo pequeño, grande", y Sherman-Palladino lo ha aplicado en sus proyectos posteriores, sobre todo en "Las chicas Gilmore" y muy especialmente en "Bunheads", su serie para ABC Family de la que todos los críticos estadounidenses destacan la estructura tan poco rígida de sus episodios, los números de baile que parecen venir de la nada pero que desarrollan las emociones de los personajes (una costumbre iniciada con éste), y que están rodados en una sola toma muy amplia, y esa sensación de que el mayor problema que pueden encontrarse los habitantes de Paradise es un incendio forestal que los obliga a encerrarse en la academia de baile de Fanny y que, por lo que parece, les pasa al menos una vez al año.
Sin embargo, esos problemas pueden parecerles pequeños a los personajes de series como "The Follwowing", pero son realmente importantes para los de "Bunheads", del mismo modo que un asunto que es tan trascendental para una serie de instituto como el sexo es tratado de un modo relajado que reduce mucho su aura de "tema de capítulo muy especial", y que resulta muy efectivo creando no sólo un par de situaciones graciosas (como las asunciones de la madre de Boo en cuanto ésta empieza a salir con Carl), sino momentos con bastante "pegada" emocional como esa conversación entre Michelle y Ginny en la que confluyen todos los sentimientos subyacentes en el capítulo. Algo que todas las críticas sobre el final de la primera temporada han enfatizado es el hecho de que "Bunheads" es una rareza en el panorama televisivo actual en el que se priman muchas veces más los giros de trama y los cliffhangers impactantes que otras cosas. Como pasaba un poco con "Pushing daisies" (y por supuesto en "Las chicas Gilmore"), "Bunheads" nos invita a relajarnos y dejarnos llevar, a disfrutar de sus diálogos veloces, llenos de referencias pop y con su propia musicalidad, de los toques un poco absurdos y de los momentos de baile, y a no estar buscando significados ocultos detrás de cualquier intercambio entre Melanie y Ginny (un dúo cómico insuperable y que ha ganado mucho en estos ocho episodios invernales).
Esa condición de rareza (cuando en realidad no puede ser más clásica en el modo en el que está construida y realizada) es justo la que pone en peligro su vuelta a ABC Family por una segunda temporada. Sus audiencias no son buenas, y lo único que tiene a su favor es que es el único título del canal que adoran los críticos, junto con la sorprendente "Switched at birth", y que ambas representan un pequeño oasis en una parrilla en la que parece que sólo importa desarrollar clones de "Pretty little liars", que es la serie que mejor le funcione a ABC Family. Esta cadena, además, tiene un método de renovar programas que parece más complicado que calcular una asistencia gravitatoria en Júpiter, pues en lugar de pedir directamente una segunda temporada, por ejemplo, va pidiendo capítulos adicionales. La primera entrega de "Switched at birth", por ejemplo, tuvo más de treinta episodios y se emitió, con pausas, a lo largo de casi un año y medio. El resultado de todo esto es que lo mismo podemos ver más peripecias de Michelle y compañía que quedarnos sin ellas.
Y sería una lástima pues, en 18 capítulos, "Bunheads" ha conseguido que lo que parecía el punto débil de la serie al principio, las cuatro jóvenes bailarinas, haya terminado siendo su principal activo junto con Michelle (un personaje más complejo de lo que parece a simple vista, y cuyo truco no está en lo que dice, sino en el muy expresivo lenguaje corporal de Sutton Foster). La amistad entre las cuatro y la exploración de la personalidad de cada una de ellas por separado ha resultado ser de las cosas mejor manejadas de la serie, hasta el punto de que cualquier escena con las cuatro simplemente sentadas a la misma mesa ya resultaba entretenida de ver. También se le ha dado cierta identidad propia a Truly gracias a su hermana Milly (una Liza Weil que hace otra vez de Paris Geller, sí, pero no veo qué problema hay con eso. Paris era grande), y los números musicales han ido mejorando hasta llegar al "Makin' whoopee" del vídeo de arriba, que cerraba la temporada y que, como decía otro crítico estadounidense, ganaba a "Glee" y "Smash" en su propio juego.
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