19 diciembre 2014

La consagración de Stella


ALERTA SPOILERS: No, la Stella del título no es la de "Un tranvía llamado deseo" (por cuyo montaje en Londres fue reconocida recientementte Gillian Anderson, por cierto), sino la protagonista de "The Fall". Si habéis visto el final de la segunda temporada, podéis seguir leyendo.

La segunda temporada de “The Fall” ha presentado una curiosa división de opiniones entre la crítica británica. Están quienes creen que el edificio construido por Allan Cubitt se hundió estrepitosamente, y quienes sostienen que alcanzó un final a la altura de las expectativas, pero no hay término medio (aún más curiosamente, algunas de esas posturas son inversamente proporcionales a las opiniones sobre “The Missing”, la última serie de estreno que ha tenido a los críticos británicos fascinados. The Guardian, por ejemplo, alaba el final de “The Missing” mientras desprecia el de “The Fall”). La serie de Cubitt, desde luego, puede criticarse por algunos de sus personajes, como Katie, cuyas motivaciones y propósitos nunca terminan de encajar bien, o incluso la trama del maltratador y su mujer. Es cierto que acaba siendo fundamental para el desenlace de la historia, pero tampoco acaba de funcionar del todo en el camino para llegar hasta allí. Sin embargo, el interés de “The Fall” no reside tanto en la resolución del caso, como en el complejo retrato que hace de sus personajes centrales.

Desde su primera temporada, el retrato en paralelo de las personalidades de Paul Spector y Stella Gibson ha sido lo que la ha distinguido de otras series basadas en la caza de un asesino en serie. Esa táctica se ha perdido en cuanto Gibson descubre la identidad del depredador y la trama pasa a ser un policiaco más convencional, pero lo que ha hecho la serie es centrarse todavía más no tanto en Spector (que al fin y al cabo no deja de ser un asesino en serie cruel, sí, pero menos especial de lo que a él le gustaría), sino en Gibson. La segunda temporada se ha encargado de mostrarnos las heridas, el corazón tras la armadura de las blusas de seda y la melena perfectamente peinada. Todas las escenas de la policía observando los interrogatorios de Spector, de Katie Benedetto, de la hija de Spector refuerzan esa sensación; Stella está seria, sin variar el semblante, pero sobre todo con la pequeña Olivia, sus ojos traicionan su aparente compostura y se llenan de lágrimas.

El interés detrás de la superintendente no se ha cimentado de verdad hasta esta temporada, hasta que no hemos visto cómo la tensión del trabajo empieza a hacer mella, cómo intenta buscar una conexión personal con alguien ligando descaradamente con la doctora Reed Smith (cuánto cachondeo trajo esa escena para quienes vemos “The good wife”), cómo al final resulta ser mucho más hábil en la compartimentalización de sus sentimientos que Spector. Esa teatral conversación de casi veinte minutos en la sala de interrogatorios entre Spector y Gibson es la esperada confrontación entre los dos personajes, y en ella queda claro que él puede ser un asesino en serie despiadado y capaz de justificar sus acciones de las maneras más terribles, pero la que sabe en todo momento lo que está haciendo, la que puede ser mucho más fría y determinada es Stella. Nos quedamos sin saber si ese último intento de Spector por hacerle daño, al llevarla al lugar donde escondió a Rose Stagg, funciona porque entra en juego ese elemento para el que nunca se puede planificar y que siempre puede estropearlo todo, ese elemento que siempre pasas por alto hasta en las preparaciones más cuidadosas.

“The Fall” podría tener tercera temporada, y lo cierto es que sería una nueva entrega muy esperada sólo por ver hacia dónde va Stella Gibson. Se ha afianzado como uno de los personajes más femeninos más complejos y difíciles de leer de la televisión reciente; no es una antiheroína, pero tampoco es una heroína. Podemos decir que tiene el aspecto de una rubia de Hitchcock, pero se reprime menos que ellas. La comparación con Jane Tennison que han hecho algunos críticos británicos es bastante adecuada porque las dos son mujeres con poder navegando un mundo de hombres, y enfrentándose a él de manera diferente. Ninguna pide disculpas por ser cómo es, aunque podríamos estar horas y horas discutiendo sobre las posiciones sobre la política de género y las actitudes de poder entre hombres y mujeres que expone “The Fall”. Justo eso la ha hecho tan interesante.

18 diciembre 2014

Cómics en la tele

Recientemente, el crítico Alan Sepinwall incluía en sus repasos al año televisivo lo que habían dado de sí las series basadas en cómics, un recurso cada vez más habitual, y por qué nunca iban a poder ser el fenómeno en audiencia que las cadenas esperaban. Sepinwall apunta que los cómics eran un medio enormemente popular durante su edad de oro en la década de los 40, cuando Superman, Batman y compañía empezaban a patrullar las calles de Metrópolis y Gotham City, pero que cayeron en desgracia con el gran público hacia la década de los 60, convirtiéndose en reducto de niños y frikis. Las películas de superhéroes funcionaban bien, sí, pero sus protagonistas eran precisamente Superman y Batman, los más fácilmente reconocibles por los espectadores a los que ni siquiera les sonaba el nombre de Wonder Woman. Es cierto que “X-Men” cambió un poco ese panorama, poniendo las primeras piedras de la situación en la que vivimos ahora, pero nadie aseguraba a Marvel que “Iron Man” iba a ser el taquillazo que fue, y mucho menos que “Los Vengadores” sería una de las películas más taquilleras de la historia.

Las series de superhéroes nunca han estado a esa misma altura. Como Sepinwall apunta bien, no dejan de ser títulos de nicho, por mucho que alguien pensara que “Agents of SHIELD” podía arrastrar a ABC a los millones de personas que vieron “Los Vengadores”. El jaleo que se montó durante el pasado Festival de Series con el Birraseries Fight Club y el apoyo de los fans a “Arrow” muestra bien a las claras que estas series siguen viéndose como dirigidas a frikis, como títulos infantiloides que no merecen compartir la misma frase no ya con “Breaking bad”, sino ni siquiera con “Juego de tronos” (que es fantasía, pero como es HBO, se le perdona). Lo que quiere decir que trasladar un cómic a la pantalla no es sinónimo de éxito inmediato. El propio Sepinwall apunta que lo que pasó con Marvel fue un accidente feliz que corre el riesgo de implosionar ante el peso de todas esas películas que tiene previsto estrenar en los próximos seis años (y esto si no sumamos el intento de DC de su propio universo cinematográfico compartido), y que lo que funciona en el cine no tiene por qué hacerlo en la tele.

Las series basadas en cómics son un poco como “Perdidos”; su alma es totalmente friki, pero el título de la ABC tuvo la suerte de calar entre el gran público. Es algo similar a “The Walking Dead”, de la que aún es difícil de explicar cómo un producto tan de nicho, en un canal de audiencias tan pequeñas como AMC, de repente se convirtió en la Estrella de la Muerte de las audiencias. Lo curioso es que es en televisión donde, probablemente, está el medio más adecuado para adaptar los cómics, como Robert Kirkman ha reconocido varias veces. La naturaleza episódica de las series se ajusta más a la de los tebeos y permite incluir gran parte de lo que los hace interesantes en la historia, en lugar de descartar casi todo para poder hacer una película de dos horas. Siendo los cómics tan de nicho, una televisión con audiencias cada vez más fragmentadas es el matrimonio ideal.

Dicho todo esto, me encantaría ver a Kate "Ojo de halcón" Bishop en "Agents of SHIELD" (o en la próxima "A.K.A. Jessica Jones"), o que por fin alguna cadena lleva a televisión "Y, el último hombre", o que FX decide continuar "American Horror Story" con "Fatale". Puestos a pedir...

17 diciembre 2014

"Serial" no es una serie

Es probable que, en las últimas semanas, hayáis leído o escuchado sobre “Serial” (aquí ya hablamos de él hace como un mes, más o  menos). El fenómeno desatado en el mundo angloparlante ha dado el salto a España, con reportajes en El País  y entradas en blogs de Fotogramas, mientras en Inglaterra terminaba de desbordarse por completo el asunto con una serie de reportajes de The Guardian sobre el Baltimore del podcast, y la obsesión (no muy sana) en Reddit por él. “Serial” aparecía en el especial que Slate ha dedicado a los diez años que ha cumplido el podcasting, y la expectación ante su último programa, que se cuelga en iTunes mañana, probablemente sólo tenga parangón ahora mismo con el final de la primera temporada de “True Detective” (sí, antes de que todos decidiérais que ya no molaba). Su responsable y presentadora, Sarah Koenig ha dado entrevistas en los sitios más insospechados, incluido “The Colbert Report”, y su caso ha impulsado también los inevitables artículos sobre si es ético subirse al carro de un fenómeno en el que hay implicadas personas de carne y hueso.

Serial” es un fascinante caso de estudio se mire por donde se mire, y no sólo por cómo todos sus seguidores nos hemos dejado llevar por las teorías y las especulaciones como si esto fuera “Perdidos”. El hecho de que hayamos perdido de vista tan rápidamente que es una historia real tiene bastantes lecturas, y nos abre a críticas tanto a los oyentes como al equipo de Koenig. Ella no ha hecho nada que el director de “Capturing the Friedmans” o un programa de reportajes televisivos (o “Salvados”) no hagan constantemente, que es presentar una historia real del modo más entretenido para que el mensaje tras ella nos llegue perfectamente, pero el sorprendente éxito que ha tenido “Serial” la expone a críticas sobre si no está aprovechándose de la familia de Adnan Syed, en la cárcel desde 1999 por el asesinato de su ex novia, si no está convirtiendo en un espectáculo de masas una tragedia muy personal.

Aquí hay opiniones para todos los gustos y podríamos estar debatiéndolas durante días. El podcast es siempre bastante respetuoso con todos los involucrados, desde Cristina Gutiérrez, la abogada de Adnan, a los amigos de Hae Min Lee, el propio Adnan y hasta Jay, el chico en cuyo testimonio se construyó el caso. Intentan mostrar que hay dos versiones de prácticamente todos los hechos, que lo que para ti es sospechoso, para mí puede ser una nimiedad, y que el caso tuvo repercusiones muy reales en Woodlawn, el suburbio de Baltimore en el que ocurrió todo. Tal vez eso sea lo más interesante de todo lo que se cuenta en “Serial”; Koenig tal vez empezó a seguir la historia porque quien se la refirió piensa que Adnan es inocente, pero ella cuenta mucho más que la nueva investigación del caso. Nos hace llegar el clima social, la situación personal de los principales protagonistas, se esfuerza por mostrar que son personas. Ellos no intentan que el podcast sea un éxito masivo (no puede esconder sus raíces en NPR, la radio pública estadounidense), pero el componente de misterio inherente a una historia de estas características ha hecho el resto en esta era de las obsesiones por las redes sociales.

Ya hay oyentes pidiendo una resolución concluyente del caso, queriendo saber si Syed lo hizo o no, si Koenig ha encontrado una pista que pueda llevarlo a su salida de la cárcel, como si esto fuera una de esas películas en las que el abogado de un preso en el corredor de la muerte necesita probar su inocencia en cuatro horas para evitar que lo ejecuten. “Serial” no es eso. En realidad, se parece más a “The Wire” en que su campo de visión es más amplio. Probablemente, si la historia de la muerte de Hae Min Lee hubiera durado una durado una hora, estaría más centrada en la investigación, pero al haberse alargado durante doce episodios, nos han contado cómo es la comunidad islámica de Woodlawn, cuáles eran las actividades de ocio habituales de los chavales del instituto en la época del asesinato o cómo trabajan los detectives de Homicidios en casos de este tipo. En el penúltimo programa, Koenig lee una carta de Adnan en la que él dice que está deseando que “Serial” termine. Esto es una historia real, ella ya ha contado todo lo que sabe sobre el asunto y ya no hay más.