17 mayo 2017

Las series son más que su trama


Ayer se dio por Twitter una curiosa discusión. Por razones que ahora mismo no vienen al caso, surgieron algunas voces que afirmaban que veían las series a velocidad 1,4x y que no se perdían nada de lo que pasaba en ellas. Voces que aseguraban ser grandes aficionadas a las series, además (y que las veían en versión original subtitulada). Su justificación era que, a esa velocidad, no se distorsionaban todavía ni las voces de los actores ni los diálogos, que se podía seguir perfectamente la historia y que, de esa manera, se hacían más llevaderas secuencias que, si no, eran muy duras de ver (es de suponer que porque eran muy lentas y en ellas "no pasaba nada").

Nadie nos libramos de haber visto series en "pase por entendidos", o lo que es lo mismo, pasando rápidamente las escenas que nos parecen un rollo y viendo sólo las que nos interesan, Suele hacerse, o yo suelo hacerlo, con series que no nos gustan. Las vemos por obligación, o porque queremos saber qué pasa en ellas sin sufrir episodios enteros, o porque hemos perdido el interés pero no queremos dejarlas a la mitad, o porque no queremos ser excluidos de las conversaciones de nuestros amigos. Es decir, las vemos a 1,4x (o a 2x) cuando no nos interesan en absoluto. Por eso, y hablando desde un punto de vista personal, me resulta tan difícil de comprender que alguien vea por sistema todas las series así y afirme que le gustan las ficciones televisivas y es la mejor manera de verlas.

Da la sensación de que se asume que una serie es buena porque su trama lo es, porque engancha, cuenta algo interesante o importante. Se asigna la relevancia última y definitiva a la historia y se desprecia todo lo demás, sobre todo el ritmo con el que se esta contando esa historia. Y el ritmo puede ser tan importante como los giros de guión más imprevisibles. En el arranque de la quinta temporada de "The Americans", por ejemplo, hay una escena de más de cinco minutos en la que Philip, Elizabeth y varios colaboradores suyos cavan un hoyo. Los vemos empezar a utilizar las palas, asegurar las paredes, sacar la tierra que sobra, turnarse cada vez que están cansados y, finalmente, encuentran aquello por lo que estaban excavando. Esa secuencia tiene que durar ocho minutos, o los que sean, para transmitir la dedicación que los Jennings ponen en sus misiones, la carga que éstas pueden ser y los peligros que entrañan hasta las más sencillas. El cuidado por el detalle de esa serie necesita un ritmo específico. Si la vemos a 1,4x sabremos antes por qué estaban cavando el hoyo, pero probablemente perdamos la metáfora que "The Americans" quiere transmitir con esa acción.

Las prisas son enemigas de los tratamientos sutiles, de la creación de atmósferas, de la construcción de relaciones entre personajes que sigan esa frase de "muestra, no lo digas". El cruce de miradas final de "Big little lies", ¿tiene el mismo impacto a 1,4x? ¿Mantiene el mismo humor la exploración de McNulty y Bunk de una escena del crimen en "The Wire" si no se respeta el ritmo al que van intercalando los "fuck" y "motherfucker"? In my opinion, your Honor, esa costumbre de verlo todo a 1,4x da la sensación de obedecer más a la necesidad de quitarte series de encima.

16 mayo 2017

Dioses americanos, criadas y adolescentes noir


En una serie de televisión es tan importante la forma como el fondo. Es decir, resulta tan fundamental lo que se cuenta como la manera en la que se está contando. Lo primero puede disfrazar, momentáneamente, que lo segundo tire a flojito, y lo segundo puede sobreponerse a una puesta en escena pobre si es lo suficientemente potente. Pero sólo hasta cierto punto. Lo ideal es que la estética y lo que se quiere narrar vayan de la mano, y curiosamente, en este primer semestre de 2017 ha habido series de lo más variopinto que han apostado decididamente por una estética muy suya.

"Legión", por ejemplo, llamó rápidamente la atención por la originalidad de su propuesta formal. Si su protagonista era un poderoso mutante que era capaz de distinguir lo real de lo que sólo pasaba en su cabeza, la manera en la que eso se mostraba tenía que llevar al espectador a la mente de David Haller. El riesgo, por supuesto, es que el estilo visual fagocite todo lo demás, un riesgo que han compartido tres series bastante diferentes que, sin embargo, han destacado por una apuesta formal muy decidida.

Por un lado, la distopía totalitaria de "The Handmaid's Tale" presenta el mundo de Gilead como una serie de bonitas composiciones que recuerdan inevitablemente a la pintura de Vermeer y a los simétricos encuadres de Stanley Kubrick. Todo está ordenado, todo sigue un plan, todo tiene el hermoso y tranquilo aspecto de una estampa puritana del siglo XVIII, pero esa estética sirve para contrastar con la violencia soterrada con la que se oprime a las mujeres. El ruido de fondo constante de los walkies de los guardias es un recordatorio de que no hay que fiarse de las apariencias, y los primerísimos planos de sus personajes femeninos potencian el sufrimiento que están pasando.

Después tenemos "American Gods", que apuesta por elevar lo original de su propuesta (los dioses antiguos están en guerra con las nuevas divinidades surgidas del modo de vida contemporáneo occidental) con una estética derivada de lo que Bryan Fuller y el resto de su equipo hicieron en "Hannibal" (que, a su vez, es una evolución del envoltorio formal de "Pushing daisies", y adecuada a una temática más perturbadora y oscura). Shadow Moon se adentra en un nuevo mundo totalmente extraño para él, un mundo lleno de poderes maravillosos y aterradores, así que esa historia no puede contarse con un look de serie realista.

Y, por último, está la manera en la que "Riverdale" se ha decantado por el noir y los códigos del melodrama para adaptar los cómics de Archie y estructurar su temporada alrededor de la investigación del asesinato de Jason Blossom. La constante bruma presente en los pasillos de Riverdale High, la atmósfera de romance gótico (como si hubiera escapado directamente de "La cumbre escarlata") de Thornhill, la mansión de la familia Blossom, los intensos neones de Pop's... Estéticamente, es una serie que no ha dejado ningún detalle al azar.

Cada una de las tres opta por una personalidad visual diferente, dictada por la historia y el tema que tocan, y esa conjunción de forma y fondo resulta muy importante a la hora de acercarnos a ellas.

08 mayo 2017

El gran Stussy


Durante la promoción de la tercera temporada de "Fargo", Noah Hawley, su responsable, aseguraba que, en cuanto a influencias de los hermanos Coen, cada una de las entregas había seguido las líneas tonales de una película diferente. La primera, por supuesto, era más "Fargo", con sus criminales incompetentes y las envidias que se convierten en todo un baño de sangre. La segunda encajaba más en "Muerte entre las flores" por la guerra entre familias mafiosas que ocupaba su centro. Y la tercera, que está ahora en emisión en FX (y Movistar+ en España), se ajusta más a "El gran Lebowski". La comparación queda muy clara desde el principio, y para el tercer capítulo, el tono de la temporada está perfectamente delineado.

Seguimos en Minnesota, pero ahora estamos en 2010 y la historia gira alrededor de los hermanos Ray y Emmit Stussy. El primero es un agente de la condicional que tiene envidia de su hermano, el exitoso "rey de los parkings de Minnesota", y entre ambos hay ciertos asuntos sin resolver relacionados con herencias familiares y, por supuesto, temas de dinero. Entre equivocaciones de identidades y unos gángsters que no son los nihilistas, por desgracia, los dos hermanos Stussy van liando una madeja criminal impulsada, como ya es costumbre, por su propia estupidez y mezquindad.

El retrato que Ewan McGregor hace de los dos hermanos Stussy se llevó, al principio, buena parte de la atención  mediática, pero tras la emisión del tercer episodio, es Carrie Coon la que se está convirtiendo en la reina de la televisión de primavera. Ese tercer capítulo lleva a su personaje, la jefa de policía Gloria Burgle, a Los Ángeles siguiendo una pista que nosotros sabemos que no le va a llevar a ninguna parte, pero que para ella es importante. Es un episodio que llega casi a la vez que la serie que la hizo famosa, "The Leftovers", centra otro capítulo en un viaje de Nora en pos de algo, no sabemos si porque quiere que sea cierto, o porque se empeña en que no lo sea.

Ambas series son distintas, pero la sensación de tristeza y derrota de Gloria y Nora en esos dos episodios es muy notable. En "Fargo", además, es un contraste acusado con la bola de nieve que los Stussy crean con su pueril rencilla fraternal. La vida de Gloria adquiere una sensación de pequeñez, de que escapa a su control; Ray y Emmit se enzarzan en la ya clásica cadena de decisiones estúpidas que, a su vez, llevan a muerte y caos porque los dos se creen más de lo que son. Se creen catedrales y no llegan a ermitas, como diría mi abuela.

Y, además, exponen otro tema que ha servido como nexo de unión de las tres temporadas emitidas hasta ahora de la serie, y es que, en el mundo de "Fargo", las mujeres son las expeditivas, las que toman las decisiones y las que saben qué hacer cuando la situación viene mal dada. Los hombres se dedican a intentar justificarse y, si hacen algo, siempre se equivocan de manera gloriosa. Ellas pueden ser tan imperfectas como ellos; a ellos siempre les falta media neurona.