24 julio 2006

El realismo no es entretenido

Es la clásica discusión que no tiene fin: ¿Qué es mejor para una narración audiovisual de ficción, que sea realista o verosímil? Y aún diría más (como Hernández y Fernández): ¿Es más entretenida y mejor película o serie aquélla que es más realista?
Pongamos por caso "Misión a Marte", película de Brian de Palma que contaba una misión de rescate a Marte, donde la primera base humana ha sufrido un misterioso desastre cuya causa se desconoce. Gran parte de lo que se cuenta en ella se ajusta bastante bien a los estudios actuales de las agencias espaciales para llevar al hombre al planeta rojo allá por 2030: Las naves con un módulo giratorio que genera gravedad artificial (y que se empezó a ver en "2001. Una odisea del espacio"), la base presurizada en Marte en la que se cultivan plantas con la idea de que éstas abastezcan a la tripulación no sólo de comida, sino también de oxígeno... Hay otros aspectos, claro, en los que no se sigue esa línea realista y se toman ciertas licencias (con la delgada atmósfera de Marte y su baja presión, por ejemplo, y con la famosa, e inexistente, "cara"). ¿Redunda eso en que la película esté bien? No, la verdad. Podrían haber pasado gran parte de esos datos por alto y haber dotado a la película de algo que la hiciera más entretenida (y también podían haber maquillado mejor a Gary Sinise, que lleva los ojos más pintados que Sara Montiel), tal vez un poco más de ritmo, unos personajes un poco más interesantes, cualquier cosa.
Es cierto que muchas películas y series no son demasiado realistas (y no estamos hablando de las de James Bond); oímos explosiones en el vacío del espacio, algunos personajes históricos manejan aparatos y leen periódicos de bastantes años más tarde y cosas así.
Algunas de esas licencias claman al cielo, como las patadas a las leyes científicas más elementales que detalla muy bien Mala Ciencia, y que pasan desapercibidas para el común de los mortales (por eso se hacen, con el agravante de que mucha gente cree que pasan de verdad. Otras se hacen en aras de la verosimilitud. En estas últimas podemos incluir cosas como algunas escenas de la película "El Lobo" (sobre todo, algunas conversaciones en la playa), que el espectador ve como demasiado exageradas e imposibles, pero que los productores de la película aseguran que son completamente reales. En el caso de que esto sea así, ya se sabe que la realidad supera la ficción y, por muy históricas que sean, al espectador no le parecen verosímiles, así que no se las cree.
El diccionario de la Real Academia Española dice que verosímil es aquello que tiene apariencia de verdadero, que es creíble por no ofrecer carácter alguno de falsedad. Dentro de una lógica determinada, lo que estamos viendo, si es coherente con todo lo anterior y no presenta ninguna contradicción seria con nuestra experiencia, nos parecerá verdad. Tal vez no sea realista, pero eso es harina de otro costal. La ficción tiene sus propias normas, su propia lógica, y en muchas ocasiones está regida por la verosimilitud, que no es la misma en las historias de Batman que en las películas de Eric Rohmer. Las novelas de Alejandro Dumas no eran demasiado realistas, ni fieles históricamente, pero eso no quita para que las disfrutemos como niños y para que sean pilares de la literatura universal. Y las redacciones se parecen poco, o nada, a la que veíamos en la serie "Periodistas", pero ésta funcionaba dentro de la lógica de la serie.
Dicho todo esto, obviamente, hay veces que ni la verosimilitud salva a películas como "Misión a Marte", con un tramo final muy new age que no se sostiene por ningún sitio, y también es cierto que en su nombre se cometen atropellos y se cuentan, directamente, mentiras. La línea es muy fina, y es más fácil traspasarla de lo que parece.
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