23 agosto 2015

Las virtudes de "Hannibal" también son sus defectos

El próximo sábado, Dios mediante, "Hannibal" echará el cierre no sólo a su tercera temporada, sino a toda la serie. No ha conseguido encontrar otra cadena después de que NBC la cancelara y, por el momento, eso quiere decir que la investigación del caso del Dragón Rojo será lo último que veamos de Will Graham, Jack Crawford y ese doctor Lecter que siempre está jugando. Lo cierto es que estos capítulos han sido un poco una prueba de fuego para los pocos espectadores que quedaban viendo la serie. La división de la temporada en dos (el "interludio italiano" de Hannibal y Bedelia y, después, el Dragón Rojo) no era mala idea, pero el ritmo moroso de esos siete primeros episodios y la potenciación de sus imágenes oníricas y abstractas, más una total serialización de la trama, hicieron que, en ocasiones, la serie se recreara demasiado en la estética, se gustara a sí misma demasiado, y estuviera muy cerca de perderse.

Algunos fans necesitaban volver a la rutina de las dos primeras temporadas y, sobre todo, de la primera, a Will estudiando las escenas del crimen y trabajando de nuevo con el FBI, y eso es lo que proporciona Francis Dolarhyde a partir del octavo capítulo. "El Dragón Rojo" fue la introducción del doctor Lecter en el mundo literario, y la introducción de los lectores a los asesinos en serie recargados y sanguinarios de Thomas Harris. Dolarhyde es, en ese aspecto, un psicópata muy típico visto desde nuestro punto de vista, en el que estamos más que acostumbrados a ver este tipo de historias presentado de mil maneras distintas, y es en la inmersión en su mente donde "Hannibal" puede aportar algo diferente y propio. Pero ese cuidado por la forma, por la iluminación, por la composición de los planos, por la estética, es una maldición disfrazada, como si dijéramos.

Es lo que distingue a la serie de todas las que se emiten en la televisión estadounidende, cable premium incluido. Hay que estar muy seguro de sí mismo para mostrar algunas de las cosas que "Hannibal" ha enseñado en sus tres años de vida (empezando por aquella secuencia que empezaba en el interior de las cuerdas vocales de una soprano y terminaba en el oído de un doctor Lecter que la escuchaba embelesado), y esa apuesta estilística puede llevar a la serie al terreno de la pretenciosidad y a apartar a algunos espectadores para los que ver cada capítulo acabe siendo un reto demasiado grande. Además, estrenarse en la temporada 2012/13 fue también contraproducente para "Hannibal", pues no pocos críticos estadounidenses ni se acercaron a ella, saturados de todas las series con psicópatas y asesinos seriales retorcidos que se habían estrenado en aquellos meses.

La clave de la adaptación de Bryan Fuller la dio hace unos meses este artículo de Vox: "Hannibal" no es una serie de televisión; es una ópera. Y está totalmente comprometida con esa visión. Es inquietante, desasosegante, bonita de ver, muy interesante y pretenciosa, todo al mismo tiempo, y ninguna otra serie de los últimos años se ha atrevido a tanto como ella. Eso es su principal virtud, y también su defecto.

Música de la semana: La banda sonora de "Show me a hero" está dominada por Bruce Springsteen, aunque de fondo en los bares, o en la radio, se ha podido escuchar por ahora hasta a Whitney Houston. En el primer episodio, de hecho, hay un montaje musical a los sones de "Hungry heart", una de las canciones más conocidas del Jefe, que yo siempre tendré asociada a "Los amigos de Peter".
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