04 agosto 2014

Las siete vidas de Linden y Winger

No debe haber serie más odiada actualmente por los críticos estadounidenses que “The Killing”. El desastroso manejo por todas las partes del final de su primera temporada desató unas reacciones viscerales que todavía colean cuatro años más tarde. De hecho, la inquina incrustada hacia el título de AMC nunca se ha disipado, y cada vez que Linden y Holder estrenan nuevos capítulos, vuelve a salir a la superficie, como el hielo sublimado en el núcleo de un cometa cuando se aproxima al Sol. Esta vez, el rencor parece haber mutado más a confusión ante la resistencia de la serie a morir, pues después de que la cadena la cancelara dos veces, Netflix ha vuelto a rescatarla y estrenó hace unos días los seis episodios de su cuarta y última temporada.

En medio de los artículos recuperando de nuevo los azotes hacia Veena Sud, surge sin embargo un tema muy interesante y que hemos comentado en otras ocasiones que se ha convertido en uno de los aspectos clave en la supervivencia de no pocas series; las ventas no sólo en mercados internacionales, sino en otras plataformas de visionado diferentes de la tradicional emisión televisada.  El modelo de negocio de The CW descansa casi por entero en esa nueva avenida para amortizar estos títulos, porque si no fuera por la acogida que tienen fuera de las fronteras estadounidenses, nadie habría imaginado que “Beauty and the Beast” o “Nikita” podrían haber pasado de la primera temporada si sólo prestábamos atención a sus audiencias. En el caso de “The Killing”, AMC la canceló al final de la segunda y, después, al final de la tercera temporada porque esos números, los de los espectadores, no le cuadraban. Pero su estudio, Fox, ganaba dinero con la serie por otros lados, y por eso se ha mostrado siempre muy dispuesto a prolongar su vida todo lo que pudiera.

Y en el mismo caso que el remake de “Forbrydelsen” se encuentra “Community”. Su última y milagrosa resurrección, por una sexta entrega que se verá en Yahoo, llevó a que algunos periodistas se preguntaran si no sería mejor dejar tranquilas las series que son canceladas después de haber superado con creces su esperanza de vida, teniendo en cuenta sus audiencias. Pero Sony también se ha resistido siempre a tirar la toalla con la comedia de Dan Harmon. La posibilidad de amortizarla a través de un acuerdo de sindicación, o con ventas en DVD o de otra manera, le llevaba a rebajar todo lo posible la cuota que la NBC pagaba por cada episodio y, de esa manera, favorecía que la renovara año tras año aunque, sólo fijándonos en su audiencia, debería haberla cancelado en la segunda temporada.

Pero el negocio ha cambiado mucho en los últimos cinco años. Las series tienen una vida bastante más larga ahora, gracias no sólo a los DVDs, sino a su inclusión en los catálogos de plataformas de vídeo bajo demanda online, o a la aparición de nuevos proveedores de contenido que prefieren arrancar su producción propia de ficción con un título ya conocido, y descartado por otra cadena, que con uno totalmente nuevo que tenga que pelear por la atención de los espectadores. Lo que no impide que, a veces, realmente sea mejor no resucitar series que ya han dado de sí todo lo que podían.
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