05 septiembre 2016

Algo pasa con Chris


ALERTA SPOILERS: Si no habéis visto el episodio de esta semana de "Fear the Walking Dead", "Do not disturb", alejaos de esta entrada como si estuviera infectada.

Chris ha sido, desde el principio, uno de los personajes más frustrantes de "Fear the Walking Dead".  Empieza la serie con una relación distante de su padre, divorciado de su madre, y cuando el inicio del apocalipsis zombie fuerza que se vaya a vivir con la nueva familia de su progenitor, la situación no es sencilla. Chris se siente fuera de lugar, cree que no tiene un sitio en ese grupo, y la muerte de su madre todavía acrecienta más esa sensación de desubicación. Es incapaz de entender realmente lo que está pasando y se mantiene anclado en esa actitud, tan adolescente, de creer que es el resto del mundo el que no lo entiende a él y de que estaría mejor si estuviera solo. Ya vimos que esa actitud pone al grupo en peligro, pero Chris no consigue dejar de pensar sólo en sí mismo. Sigue creyendo que es el gran incomprendido.

Sobre el papel, es un dibujo de personaje que puede ser irritante, pero que se mantiene fiel a lo que sería un adolescente de padres divorciados, con una vida bastante privilegiada (aunque él no se dé cuenta), lanzado de repente a una situación tan extrema como es un apocalipsis zombie. El problema es que, en pantalla, Chris no consigue escapar de ese cliché ni de la trampa de los jóvenes insoportables en la que caen no pocas series de género (el hijo de Elizabeth Mitchell en el remake de "V" debe ser el ejemplo reciente más claro). Y la cosa no mejora cuando, de improviso, empieza a desarrollar ciertas tendencias que bordean la sociopatía. El egocentrismo y la falta de empatía que desplegaba al principio de la serie se transforman en un gusto por matar que el décimo episodio de la segunda temporada, "Do not disturb", deja ya definitivamente claro. El encontronazo con ese granjero en México es, parece, lo que Travis necesitaba para quitarse por fin la venda de los ojos en lo que respecta a su hijo.

¿Qué está pasando con Chris? Nick cambia el subidón que le daban las drogas por el que recibe cuando consigue moverse entre los muertos vivientes sin que éstos le hagan nada, mientras Alicia parece asumir una nueva responsabilidad para garantizar la supervivencia de su grupo. Chris, por su parte, se integra felizmente en ese trío de estadounidenses que se comportan como si fueran los dueños de la tierra, que matan y roban sin pensar, que se toman el fin del mundo conocido como una extensión de sus juergas por Tijuana. Sus coqueteos con la idea de hacer daño a Madison y a Alicia cristalizan en el disparo al granjero, y no da la sensación de que vaya a sufrir ningún cargo de conciencia por ello. Se ha autoconvencido de que es lo que tiene que hacer para sobrevivir, pero también parece que lo hace siguiendo el mismo sentimiento victimista de que nadie lo comprende del principio.

Y Travis no ayuda a que el retrato de Chris pueda ser, en algún momento, menos irritante y un poco más interesante. Es su padre y, por tanto, se empeña en recuperar su relación con él, en tratar de evitar que se deje llevar por su lado oscuro, pero se ha mantenido tanto tiempo tan ciego a las señales que Madison y Alicia sí habían detectado, que lo único que los espectadores pueden pensar al final del capítulo es que Travis debería dejar a su hijo con sus nuevos tres amigos y buscarse la vida por su cuenta. O intentar encontrar el camino de vuelta hacia el resto de su familia. Porque lo curioso es que las subtramas de Nick y el grupo de Madison se han vuelto más interesantes. El primero se da cuenta que sabe mucho menos de lo que pensaba al encontrarse con ese pueblo de "adoradores" de la muerte, mientras los segundos se van a ver obligados a trabajar en equipo y a experimentar lo que realmente implica el mundo post apocalíptico en el que se mueven. Para Chris, ese momento de claridad no ha llegado todavía.

Música de la semana: El capítulo de "Fear the Walking Dead" arranca con una boda y una curiosísima versión, a cargo de Iggy Pop, de "Les feuilles mortes", un gran clásico de la canción francesa que ha sido interpretado por todos los grandes de ese país, de Yves Montand a Edith Piaf, y que dio el salto al inglés como un estándar perfecto tanto para Barbra Streisand como para titanes del jazz como Miles Davis.
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