17 abril 2007

La fina línea entre el bien y el mal

Este fin de semana, escuché por la radio una tertulia en la que hablaban sobre los malos del cine y, sobre todo, de la televisión. Aparte de destacar que, lógicamente, siempre eran personajes mucho más interesantes que los buenos (que, por lo general, aburrían hasta a las ovejas), y de poner a JR como el malo más paradigmático de la tele en los últimos 30 años, apuntaban que, últimamente, la tendencia era presentar como "malos", o mejor, como antagonistas de los personajes principales, a tipos cuya principal "maldad" era la incorrección política. Así se explican artículos como uno, publicado en The Guardian hace ya tiempo, en el que se quejabam de que la televisión estadounidense contrataba a actores británicos para hacer de malos, y ponía como ejemplo a Hugh Laurie en "House" y a Ian McShane en "Deadwood".
No creo yo que sea tanto eso como el gusto de las series actuales por presentar personajes tridimensionales y complejos, con fallos que los acercan más a los seres humanos que los tipos de una pieza a los que estábamos acostumbrados. Además, lo que sí es una tendencia es la curiosidad por explorar el papel del "otro", del rival de los protagonistas. Hasta hace unos años, éstos aparecían como estupendos y divinos de la muerte, mientras los malos eran siempre muy retorcidos, egoístas y las peores personas del mundo. De los buenos podíamos conocer sus traumas y sus problemas, que justificaban algún comportamiento poco heroico. De los malos, nunca sabíamos nada más que eso, que eran los malos.
La tendencia ha cambiado según el panorama social y político mundial se complicaba. Ahora, los malos generan curiosidad en los creadores y guionistas de las series, que se esfuerzan por dotarlos de tridimensionalidad, de contarnos cómo son y por qué son así para dotar al programa de mayor fuerza. Así, sabemos de la importancia que la religión tiene para los cylones, y que algunos de ellos desean fervientemente ser humanos, y descubrimos que los Otros quizás no sean los "malos" en esa isla misteriosa en medio del Pacífico, o lo son menos de lo que podía parecer. Desde la semana pasada, por cierto, Juliet y Ben son mis preferidos en "Perdidos", sobre todo ella, atrapada a merced de Ben, pero prestándose a todos sus retorcidos juegos.

P.D.: Conectado más o menos tangencialmente con esto, recuerdo que el montaje de la obra "Marat-Sade" que la compañía Animalario ha estado representando en el Centro Dramático Nacional hasta esta semana, se cierra con un fragmento de un poema de Leopoldo María Panero que habla sobre el dolor y cómo éste nos remite al "otro", a la persona que tenemos enfrente y, tal vez, consideramos nuestro enemigo, pero al que elegimos desconocer.
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