05 febrero 2013

Hablar mucho para no decir nada

Es ya algo aceptado en la televisión estadounidense que hay dos guionistas cuyas series siempre van a destacar por una circunstancia muy clara; la velocidad de sus diálogos. Tanto Aaron Sorkin como Amy Sherman-Palladino, cada uno en sus estilos y sus intereses, pueblan sus series de personajes que hablan como si las ideas pelearan por salir de su cerebro todas al mismo tiempo, pero el propósito de esa verborrea no es siempre el mismo. En "The newsroom", por ejemplo, todos hablan así de rápido porque son todos muy listos y con egos muy saneados, y no pueden perder ni un minuto en discusiones que no sean importantes. Sin embargo, en "Bunheads", esa incontinencia verbal tiene otro objetivo, uno defensivo y más del estilo de los deflectores de la USS Enterprise; el de impedir que la conversación entre en un tema del que los personajes no quieren hablar.

No recuerdo en qué web estadounidense lo leí (igual fue "Salon"), y lo cierto es que, al ver después los nuevos capítulos de la serie en ABC Family, resultó ser un comentario muy acertado. Michelle es la que más utiliza esta táctica, teniendo en cuenta que cuando las cosas se pusieron realmente mal para ella en Paradise, su solución fue salir corriendo (y acabar trabajando para un mago del tres al cuarto en un pueblo cerca de Las Vegas), y hace un par de semanas ya vimos otro ejemplo de su dificultad para lidiar con sentimientos complicados cuando se encontró a una triste Sasha en la puerta de la academia de baile. La melancolía y sensación de derrota que subyacen debajo de las referencias a mil por hora y las absurdeces varias con que Michelle deleita a todo el mundo son parte de lo que la convierten en un personaje realmente interesante, y diferente de Lorelai Gilmore, en la que es inevitable no pensar cuando Michelle anda mencionando a Katniss o al contable de Lucky Luciano y Bugsy Siegel.

Con "Bunheads" ha ocurrido algo curioso, y es que he terminado haciéndome mucho más fan de Melanie y Ginny, la bailarina alta y la rubia (el clon de Megah Hilty, para entendernos), que tienen entre ellas unas conversaciones que suelen ser bastante divertidas, aunque casi siempre intrascendentes. Melanie, sobre todo, ha derivado a un personaje que funciona bien con prácticamente cualquiera de los otros habitantes de Paradise, con esa seriedad con la que dice todo y ese modo de, repente, hacer cosas inesperadas sin saber muy bien por qué. Además, confieso que me hacen gracia esos dos hermanos que saben hacer de todo que han llegado nuevos al instituto, sobre todo porque la sorpresa indignada de las cuatro chicas resulta simpática. Pero, como decíamos al principio, es esa táctica de hablar sin parar para evitar que te pregunten por cosas que duelen, y de las que no quieres hablar, lo más interesante de "Bunheads".
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