13 agosto 2008

El problema del cuarto cerrado

En la novela policiaca (o detectivesca) clásica, como si dijéramos, la que tiene por objetivo la resolución del crimen como si de un puzzle, de un enigma intelectual se tratase, hay un caso clásico y muy típico para poner a prueba las dotes deductivas e investigadoras del detective, y la capacidad narradora y urdidora del escritor: el "problema del cuarto cerrado". En ese "problema", el investigador ha de enfrentarse a un asesinato que parece imposible, ya que el cadáver aparece en una habitación, o un entorno, completamente cerrado y en el que no ha podido entrar nadie para cometer el crimen. Los ejemplos más claros que yo recuerdo ahora mismo son "El misterio del cuarto amarillo", de Gaston Leroux, en el que una joven es brutalmente atacada en el interior de un cuarto totalmente cerrado por dentro, y "La banda de lunares", una de las historias de "Las aventuras de Sherlock Holmes", en la que varias personas fallecen en sus dormitorios, sellados y en los que no ha podido entrar nadie.

Por supuesto, la solución tiene que ser imaginativa y original para estar a la altura del desafío planteado, pero es bastante habitual que el cuarto no estuviera totalmente asegurado por dentro, y ese hecho fuera sólo una ilusión, o que se empleara algún tipo de gas o un animal (las serpientes son un clásico) o que la víctima no sea tal y, en realidad, sea el asesino. En mi revival de "Expediente X" vi ayer "Squeeze", un capítulo que presenta un clásico problema del cuarto cerrado, con un hombre que muere dentro de su despacho sin que haya forma de que su asesino haya entrado sin ser visto. La resolución, además de imaginativa, es inquietante porque el culpable es Eugene Victor Tooms, un mutante que puede introducirse por cualquier conducto o abertura, por estrecho que sea, y que mata cada 30 años. El cuarto cerrado se une aquí con los asesinos en serie y con esa pequeña vuelta de tuerca marca de la casa (Tooms necesita cinco hígados humanos para poder hibernar y sobrevivir otras tres décadas) para dejar uno de los "monstruos de la semana" más logrados de la serie.

También algunos de los crímenes del Asesino de las Miniaturas en "CSI" responden a este esquema, como el de la señora que muere en su casa por inhalación de dióxido de carbono, y en "Diez negritos" (o "Y entonces no quedó ninguno", como se llama ahora, que queda más políticamente correcto) más que cuarto cerrado lo que tenemos es una isla y una casa de las que nadie puede salir, y donde nadie puede entrar. Hay muchos otros autores que han urdido rompecabezas de este estilo (los de John Dickson Carr / Carter Dickson son especialmente brillantes), y para quienes tengan más cariño por la literatura hispana que por la anglosajona, el dúo Adolfo Bioy Casares-Jorge Luis Borges ideó también unos puzzles detectivescos realmente ingeniosos.

Lógicamente, estos relatos poco tienen que ver con el género negro, donde lo que importa es la sociedad que "crea" esos asesinos, el retrato de unos personajes que viven diariamente en contacto con el crimen. En las historias policíacas de la llamada Edad de Oro cuenta más el reto intelectual al que se enfrenta el detective protagonista, algo que, por ejemplo, vertebra "Los crímenes de Oxford", tanto el libro de Guillermo Martínez como la película de Álex de la Iglesia.
Publicar un comentario