13 octubre 2011

Corazones perdidos

ALERTA SPOILERS: El capítulo de esta semana de "Fringe" es el último antes de un miniparón de otra semana (por culpa del béisbol, probablemente), y antes de que se desate la respuesta a la pregunta de esta cuarta temporada (que no es 42, y no se esconde a simple vista). Si queréis echaros unas buenas risas, pasad por "La vaca de Fringe". Si queréis una divagación de otro estilo sobre el verdadero corazón de la serie, podéis seguir leyendo. Sólo si vais al día.


"Brown Betty", aquel controvertido (y estupendo) capítulo que mezclaba el noir y el musical en la segunda temporada, presentaba a Olivia Dunham como uno de aquellos detectives clásicos de autores como Raymond Chandler; tipos que en teoría eran duros y cínicos que aceptaban casos que sabían que les iban a traer problemas porque, en el fondo, era unos románticos incurables, un poco marshmallow, que le decían a Verónica Mars. Aquel retrato de la agente Dunham se podría trasladar a toda la serie, más ahora que, con la ausencia forzosa de Peter, se han profundizado las relaciones entre algunos personajes que siempre han pivotado más en relación al joven Bishop que entre ellos. Tomemos por caso a Walter y Olivia. Justo en la misma segunda temporada, empezaba a formarse una muy interesante relación entre esas dos almas solitarias, forjada, paradójicamente, sobre los experimentos que Walter y Belly habían realizado sobre la pequeña Liv.

El viejo Bishop se sentía culpable por haberla tratado así en su momento y, a veces, se preocupaba por ella como si fuera la hija que nunca había tenido; Olivia, por su parte, guardaba cierto resentimiento hacia él pero no era capaz de odiarlo. Probablemente, su fragilidad mental y emocional le llegaban más de lo que habría querido admitir. Sin Peter (que, como nos confirmaron en el tercer capítulo, murió en el lago helado), ella es la única que puede darle a Walter cierto anclaje con el mundo real, aunque Walter vive casi todo el tiempo más dentro de su cabeza. Sus mutuas soledades los conectan de un modo que, si no fuera por esa "molesta" cuestión de la existencia-no existencia de Peter, casi anticiparía el afectuoso reencuentro futuro entre ambos que nos mostró el final de la tercera temporada.

No vamos a decir que Peter sobra, porque no es así, pero la nueva dinámica no sólo entre Walter y Olivia, sino también con Astrid (y la reciente incorporación de Lincoln) es mucho más interesante. En lugar de dar la sensación de que operaban más en dúos que en conjunto, ahora se aprecia un mayor trabajo de verdadero equipo, aunque parezca extraño; o, tal vez, es sólo que ver una mayor cercanía entre esos tres personajes le otorga mucha más humanidad a "Fringe", una serie que, la verdad sea dicha, siempre se ha movido más por la emoción que por el intelecto. Incluso sus monstruos están motivados por razones a veces bastante humanas, como la necesidad de conectar con alguien, de sentirse integrados o, simplemente, de sobrevivir (lo que la emparenta mucho más con "Expediente X" que el mero hecho de emplear asesinos cambiaformas de otra dimensión).

Va a ser muy interesante ver cómo vuelve Peter y cómo se integra en esta nueva dinámica. Si son coherentes con lo que han contado hasta ahora, ningún personaje sabe quién es, así que la asunción de su identidad no puede resultar sencilla. También me intriga mucho la relación entre las dos Olivias, que bien merecen un spin-off para ellas solas, y por dónde continuará todo una vez que Peter regrese (¿volverá Walternate a ser el villano?). De todos modos, pase lo que pase, la razón principal para continuar con esta cuarta temporada no son todas esas intrigas y amenazas interdimensionales de destrucción mutua asegurada; es ver cómo Walter y Olivia intentan aliviar la soledad de sus corazones.
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