01 febrero 2015

Cuentos de hadas para baterías de jazz


"Into the woods", el musical que Stephen Sondheim y James Lapine escribieron a mediados de los 80 con cuentos de hadas que siguen más allá de su final feliz, está considerado uno de los grandes clásicos modernos del género en Estados Unidos. El modo en el que entrelaza historias como la de Rapunzel o Cenicienta con el intento del panadero y su mujer por tener un niño, y cómo el segundo acto da un giro hacia el drama que hace que los institutos de allí casi nunca lo representen, lo hizo destacar entre los musicales de la época, y hasta consiguió arrebatarle a "El fantasma de la ópera" algunos Tonys en 1987, como el de mejor música o mejor actriz para Joanna Gleason, que era la mujer del panadero. Hubo una versión para televisión en 1991 y un revival en el ciclo veraniego "Shakespeare in the park" en 2012, en el que Amy Adams era la protagonista, y el musical ha ido reforzando su posición como uno de los más queridos y admirados por Bla comunidad teatral. Sin embargo, su traslado al cine se demoraba porque nadie sabía exactamente cómo convertirlo en una película, y porque la tragedia del segundo acto echaba para atrás a los productores.

Al final, ha sido Rob Marshall, con el respaldo de Disney y de los propios Sondheim y Lapine, el encargado de dirigir esta "Into the woods" cinematográfica. Marshall llamó la atención con aquella "Chicago" que ganó el Oscar a mejor película en 2002, pero su adaptación de "Nine" y algunos otros traspiés habían hecho que se mirara su elección para llevar el musical el cine con ciertas reticencias. Al final, el paso a la gran pantalla está bastante bien resuelto, con una escenografía muy de cuento de hadas sombrío y de realidad fantástica, más que de fantasía directamente. La transición del final feliz del primer acto al giro del segundo también está bien llevada, aunque es inevitable que ese cambioo en el tono deje fríos, como mínimo, a bastantes espectadores. Pero es un giro en el que está implícita la moraleja de la historia y que la acerca a cómo eran esos cuentos de hadas originalmente, antes de que se hicieran mucho más conocidos tras pasar por el filtro de Disney. Tiene la ventaja, además, de contar con un estupendo reparto en el que sobresalen los dos protagonistas del relato, el panadero y su mujer, que anclan la trama con su humanidad. James Corden y Emily Blunt tienen una gran química y ella, sobre todo, acaba robando la película.


Una de las sorpresas más agradables de las últimas nominaciones a los Oscars es la inclusión de "Whiplash" en muchas más categorías aparte de la de actor secundario, en la que J.K. Simmons es el gran favorito. Que consiguiera colarse también en película, guión adaptado y montaje, por ejemplo, lo predecían muy pocos oscarólogos, que no pensaban que el enorme éxito que cosechó en el festival de Sundance del año pasado pudiera trasladarse a los premios grandes de Hollywood con la misma energía con la que el debutante Damien Chazelle cuenta la historia de Andrew y su profesor Fletcher, una relación más de película deportiva o de "La chaqueta metálica", como decían en evento en el festival de Toronto, que de una cinta meramente musical. Tal vez ahí puede estar también la reacción negativa que ha suscitado entre algunos conocedores del jazz, como ocurre en este artículo de The New Yorker. "Whiplash" no es una película sobre el jazz; es una película sobre el abuso de poder, sobre los sacrificios que Andrew está dispuesto a hacer por ser el mejor y por buscar la aprobación del déspota de su profesor, lo que lo pinta en una luz mucho menos benévola de lo que podríamos pensar.

Por lo que la cinta destaca especialmente es por su ritmo. No da tregua nunca, siguiendo unos códigos que, como el propio Chazelle ha reconocido, son más del thriller psicológico. La misma energía con la que Andrew afronta sus solos de batería se traslada al montaje y a la sensación de que, cuando acaba la película, ésta apenas ha durado media hora, en lugar de la hora y cuarenta que dura realmente. Logra meter al espectador de lleno en esa mezcla de sacrificio por la excelencia y maltrato psicológico que domina la relación entre Andrew y Fletcher, un inmenso Simmons que mantiene un duelo de primer nivel con Miles Teller. Ambos, además, consiguen que los dos personajes no sean unidimensionales. Teller puede ser el protagonista y el "abusado", pero siempre nos deja ver que su ambición es también su perdición. Simmons, por su parte, logra humanizar a Fletcher, darle más capas para que no sea un mero monstruo. Como indica el propio título de la cinta (que es, al mismo tiempo, un estándar compuesto por Hank Levy), ésta es un latigazo para el espectador.

Música de la semana: Hace un par de semanas, E4 y Channel 4 estrenaron las dos nuevas series creadas por Russell T. Davies, que vuelve a la temática gay con la que se hizo famoso con "Queer as folk". Una de ellas, "Banana", gira en torno a las vidas interrelacionadas de varios jóvenes que viven en Manchester, aunque uno de los personajes más adultos de esa serie es, a la vez, el protagonista de la otra, "Cucumber", y en los primeros capítulos de ambas hay un poco de entrelazamiento en alguna subtrama. En "Banana" empezamos siguiendo al joven Dean mientras se imagina toda una vida con un chico al que ve en el autobús, y todo ese sueño se ambienta con "Time to dance", de los franceses The Shoes.
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