27 julio 2011

La evolución sin cambio de House

¿Cómo puede alguien evolucionar sin cambiar? Diría que es un caso de cambiar para mantenerse igual, que puede resultar contradictorio, pero no lo es tanto. De hecho, es un método que siguen muchas series para ir avanzando trama y personajes sin perder lo que las hacía únicas cuando empezaron. Es un acto de equilibrismo muy dificil de llevar a cabo, pues lo mismo consigues un balance perfecto entre todas las partes, que te estancas en lo de siempre o lo cambias todo tanto, que la cosa ya no es ni la sombra de lo que era. Series de fórmula como "House" se enfrentan a ese dilema desde su primera temporada, y yo diría que han ido sorteándolo con éxito a lo largo de casi toda su emisión. Además, su creador, David Shore, es de los que piensan que las personas no cambian y, por tanto, los personajes de una serie tampoco lo hacen y que, a lo sumo, van desvelando otras facetas de su carácter. Todo esto ha determinado el desarrollo de House como personaje, y como serie, desde el principio y, más en concreto, desde la cuarta temporada, cuando decidieron revolucionar el equipo de diagnóstico para introducir un poco de aire fresco.

Era una maniobra que permitía al "mobiliario" renovarse mientras su centro, Gregory House, permanecía inalterable. Sí, hubo varios amagos con que él podía cambiar, pero los guionistas nunca los llevaban más allá de cuatro o cinco capítulos. Exploraban por encima cómo podría ser Greg sin dolor en la pierna y luego volvían a la rutina de siempre. Pero la rutina de siempre funcionaba bien, hasta que llegó un punto en el que ya empezaron a plantearse de verdad hasta dónde querían llegar con "House". La espiral autodestructiva de la quinta llevó a una sexta en la que parecía que el buen doctor realmente se tomaba en serio dar un rumbo a su vida, un camino que resultaba también interesante para el resto de la serie. Es normal que los adictos tengan recaídas en su proceso de recuperación, y que algunos nunca logren completarlo, pero a veces da la sensación que los guionistas de "House" le tienen pánico a explorar hasta las últimas consecuencias la decisión de Greg de evolucionar.

Por eso, el último tercio de la séptima temporada ha sido mi punto de inflexión, el momento en el que creo que lo mejor es dejarlo. Durante 16, 17 capítulos parecía que House podía revitalizarse; la nueva línea argumental que estaban siguiendo tenía sus complicaciones, sus momentos divertidos, sus dificultades y su interés, y mantenía la coherencia con House y Cuddy, pero no parecía ser suficiente para Shore y compañía. Estaban intentando una evolución de su protagonista, no un cambio radical y drástico, que entregaba lo que habían prometido muchas otras veces. Hasta que pensaron que debían volver al "sota, caballo y rey" habitual, pero enloqueciendo a House más de lo habitual. Y no es algo que me interese ver.

Ahora, el capítulo de los sueños cinéfilos de Cuddy merece mucho la pena, y durante sus diagnósticos, House ha dejado unos momentos cómicos a la altura de sus primeras temporadas. Si la octava temporada se confirma como la última, como muchos sospechamos, seguramente vea el último capítulo, pero hasta entonces es mejor que la plantilla del Princeton Plainsboro y yo sigamos caminos separados.
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