20 marzo 2015

En glorioso blanco y negro

En 1995, aprovechando que se celebraba el centenario de la primera proyección pública del cine, a cargo de los hermanos Lumière, La 2 de TVE estrenaba "Qué grande es el cine", un programa que debía celebrar ese siglo a través de algunas de las mejores películas de su historia. Presentado por José Luis Garci, debutó con "El buscavidas" y tenía un esquema muy sencillo; cada lunes por la noche, Garci reunía a varios amigos suyos alrededor de una mesa y entre todos comentaban la película que se emitía esa semana. En Verne recordaban hace unos días este espacio, señalando que los coloquios (ambientados por un considerable humo de cigarrillos) podían tener a veces un tono un poco apolillado y un sesgo muy masculino, pero que "Qué grande es el cine" sirvió, en sus diez años en antena, para acercar un tipo de cine clásico a generaciones de espectadores que, si no, no habrían visto una película en blanco y negro ni atados a la silla en el mejor estilo del método Ludovico.

Hace algún tiempo, teníamos una discusión por Twitter sobre lo difícil que era ver películas "viejas" por la tele en la actualidad. Sí, TCM está dedicado, por ejemplo, sólo al cine clásico, pero las sobremesas en abierto de los fines de semana, que hace décadas podían poner westerns de John Ford o comedias de los hermanos Marx, están reservadas para los telefilms de vecinos que son en realidad letales asesinos acosadores, o de alemanes de vacaciones en el Caribe para intentar superar su último revés amoroso. Algunos tuiteros lamentaban que ya no hubiera esa exposición al cine clásico, mientras otros decían que era más fácil que nunca encontrarlo si tenías el interés de buscarlo. Ahí justo está el quid de la cuestión, en el interés. Si no te exponen a, por ejemplo, "Lo que el viento se llevó" un domingo a las cuatro de la tarde, aunque sean cinco minutos zapeando entre realities de vestidos de novia y subastas de trasteros, no tiene por qué generarse en tí esa curiosidad no sólo por ver cómo termina la historia de Escarlata O'Hara, sino por ver igual la otra gran película de 1939, "El mago de Oz".

En ese aspecto, "Qué grande es el cine" hizo, de algún modo, un servicio muy acorde con lo que debe ser una televisión pública. Incluso aunque no vieras todas las películas que incluyeron, sirvió para que te sonaran nombres como los de Jean Vigo o Carl Theodor Dreyer (este último, por ejemplo, resultó muy útil cuando Lars Von Trier empezó a llamar la atención con "Rompiendo las olas"), o para que descubrieras historias de misterio tan bien llevadas, y tan efectivas, como las de Robert Siodmak y "La escalera de caracol". Había que unir a eso que en La 2 era muy habitual que hubiera ciclos de cine dedicados a directores concretos, o a actores (el de Marilyn Monroe, por ejemplo, fue muy completo), y que de madrugada se programaran películas en versión original subtitulada, y en blanco y negro, claro. A horas intempestivas se pudieron ver comedias tan divertidas como "La cena de los acusados" o "Al servicio de las damas" (ambas con el insuperable William Powell).

Esta perorata puede sonar a abuela Cebolleta, o a alguna de las viejuneces que podían decirse en "Qué grande es el cine", pero realmente es una lástima que las televisiones hayan desterrado el cine de sus programaciones. Sí, emiten los últimos taquillazos, pero poco más. Del mismo modo que los programas musicales han pasado a ser piezas de museo, las películas anteriores al año 2000 se han quedado para los canales temáticos, y si hablamos de títulos producidos antes de 1980, la cosa se reduce todavía más. A veces, para conseguir que haya gente interesada en la música y en el cine, en sentido amplio, hay que ofrecerles la posibilidad de verse expuesta a ellos de manera gratuita, sin tener que buscarlos. La cultura no tiene que ser algo para nichos, que es lo que termina ocurriendo si sólo puede encontrarse en canales de pago.
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