07 agosto 2009

Panorama en negro

Es curioso. En la última semana, me he encontrado en la prensa un par de artículos que intentan explicar el porqué del boom que está viviendo ahora la novela negra, impulsado en parte por el éxito de la trilogía "Millennium" de Stieg Larsson (la editora española que lo "cazó" para Destino cuenta aquí cómo lo encontró). En ellos se hace referencia a que, en momentos de crisis, el género negro refleja muy bien problemas sociales que no tienen cabida en otro tipo de novelas o cuyos géneros impiden, por lo que sea, que se metan a fondo en esos temas (cualquier otro que no fuera Alicia Giménez-Bartlett con su inspectora Petra Delicado habría sido lapidado mediáticamente por atreverse a tocar en "El silencio de los claustros" ciertos acontecimientos de la Semana Trágica de Barcelona, en 1909). El crimen, al igual que la ciencia ficción, siempre ha retratado la sociedad con mucho más acierto que un documental (también leí, hace un par de días en "El País", un reportaje sobre los avances hechos en inteligencia artificial que asocié instantáneamente a "Caprica". Debería hacérmelo mirar, lo sé).

El noir como tal ya nació en una época de crisis profunda en la década de los 30, que por algo se llamó en Estados Unidos "La Gran Depresión". El crack bursátil de 1929 (aún no superado ni por el crediticio del año pasado, culpable de la situación que estamos viviendo actualmente) llevó a amplios sectores de la población a la miseria y, a algunos, los empujó a delinquir para sobrevivir. En ese mundo moralmente gris, en el que la resolución del crimen importa menos que el retrato de la gente y del momento que lo impulsan, nace el género de la mano de dos grandes como Dashiell Hammett (que fue investigado en los 50 por el Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy por haber estado afiliado al partido comunista) y Raymond Chandler. Aunque los estilos de los dos sean distintos (el de Hammett es seco y rápido como una ametralladora, mientras el de Chandler es irónico y muy desencantado), ambos criticaban a los ricos y poderosos de la sociedad estadounidense de la época, y a un sistema que, aunque en teoría favorecía la igualdad de oportunidades, no permitía a los menos favorecidos salir del arroyo.

La crítica social es uno de los motores de cualquier novela negra actual. Ya comentamos alguna vez que la denuncia del sistema social sueco está muy patente en el matrimonio Sjöwall-Wahlöo, en Henning Mankell y en el propio Larsson, y que la indignación ante la corrupción política impulsa con fuerza a Petros Márkaris y a Andrea Camilleri y que, aunque Fred Vargas construya unos enigmas que ya los quisiera para sí Agatha Christie, tampoco ella escapa a ese retrato de una sociedad que esconde mucha oscuridad tras una fachada de apariencia perfecta. Al hablar del último libro de la trilogía de Larsson, en "Cajón de sastre" comentaban que toda la saga se había escrito desde la rabia y la indignación, y ese sentimiento es el que termina cristalizando en gran parte de las obras del género negro. "La caja 507", por ejemplo, es un puñetazo a las corruptelas urbanísticas de la Costa del Sol rodado bastante antes de que empezaran a conocerse todos esos casos de ayuntamientos podridos (la Operación Malaya saltó en 2006, por ejemplo, cuatro años después del estreno de la cinta de Enrique Urbizu). Y no me negaréis que los mejores momentos de "Verónica Mars" venían cuando ella se ponía a investigar un caso movida desde el cabreo (generalmente, porque alguien con posibles se aprovechaba de personas relativamente desfavorecidas o, simplemente, le tocaban las narices).

Por eso "The Wire" es una monumental obra noir, porque se sirve de investigaciones policiales para retratar toda la podredumbre de una sociedad, para criticar todo lo que no funciona en ella, y lo hace desde el mismo sentimiento de rabia que movió a Larsson a escribir "Los hombres que no amaban a las mujeres" y sus dos secuelas. Por eso, también, "The Wire" tuvo entre sus guionistas a escritores estadounidenses del género como George Pelecanos, Richard Price o Dennis Lehane (que debe ser, ahora mismo, de los autores más adaptados al cine, entre "Mystic River", "Adiós, pequeña, adiós" y la próxima "Shutter Island"). La indignación es un sentimiento muy fuerte para hacer muchas cosas. Que se lo digan a Michael Douglas en "Un día de furia".

P.D.: Sí, el de la foto es Humphrey Bogart en "El sueño eterno", que sigue siendo mi película noir favorita, sobre todo por toques de humor como el del fotograma, con Marlowe haciéndose pasar por un experto en libros raros.

Nota organizativa: Agosto es sinónimo de vacaciones, así que me temo que el ritmo de publicación por aquí va a ser bastante más relajado que el resto del año. Ciertas tierras del Norte me reclaman y hasta final de mes habrá menos temas para comentar, aunque, si puedo, hablaremos por aquí del final de temporada de "In plain sight", del de media temporada de "Burn notice", de la primera entrega de "Babylon 5" y del terror escatológico y muy divertido de Sam Raimi en "Arrástrame al infierno" (otro género que puede permitirse el lujo de la crítica social sin que lo machaquen demasiado por ello). Seguiremos leyéndonos, pero hasta septiembre esto no recuperará su ritmo habitual. Be seeing you.
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