06 mayo 2014

Cuando los vampiros reinaban en HBO

A veces los críticos, y los espectadores, nos obsesionamos con lo que no debemos. Desde que "Los Soprano" terminó en 2007, no pararon de sucederse los artículos que afirmaban que HBO estaba necesitada de otro éxito de público, crítica y premios que pudiera ocupar su lugar, un fenómeno que la mantuviera en lo más alto de la pirámide jerárquica de la ficción televisiva calidad, especialmente ante los "ataques" que llegaban de Showtime, FX y, más tarde, de AMC. Primero pareció que esa serie podía ser "John from Cincinnati", aquel extraño intento de David Milch de fusionar el surf con algo así como una alegoría religiosa, y que no pasó de la primera temporada. "Big Love" aún tenía un par de temporadas más por delante, pero su radio de acción nunca alcanzó a un público tan masivo. La cadena intentó probar con series diferentes como la efímera "Tell me you love me" o "In treatment" y su peculiar programación, pero nada resultaba. Ni siquiera las comedias lograban llenar ese vacío ("Flight of the Conchords", "How to make it in America" o "Bored to death" no estaban pensadas para ello), y no sería hasta 2010 y 2011, cuando llegarían "Boardwalk Empire" y, sobre todo, "Juego de tronos", cuando HBO dejó de protagonizar esas historias de consejos para recuperar su mojo, y volvió a centrar las que celebraban que había vuelto a la cima, aunque tuviera que compartirla.

Lo curioso de todo esto es que, mientras los críticos se obsesionaban con buscar a la heredera de "Los Soprano" en HBO, el canal ya la tenía, al menos en cuanto a meras cifras de audiencia. "True Blood", que este verano echa el cierre, debutaba un año después del final de la creación de David Chase, y lo hacía sorprendiendo a propios y extraños de que HBO, con su pátina de venerabilidad, y Alan Ball, con su Oscar por "American Beauty" y habiendo creado "A dos metros bajo tierra", se lanzaran a un folletín de sangre y sexo sobrenaturales, que se adelantó unos cuantos meses a la moda vampírica que desataría "Crepúsculo". Todo el mundo miraba por encima del mundo "True Blood", pero todo el mundo la veía. Hasta que llegó la tercera entrega de "Juego de tronos", el único título que había podido atraer a los espectadores en el rango cuantitativo de "Los Soprano" eran los vampiros de Bon Temps, que en su tercera temporada reunieron frente al televisor a trece millones de espectadores totales. El verano era para "True Blood", y la cadena la mimaba con una estrategia de promoción que no tenía nada que envidiar a la de "Juego de tronos".

Esa serie fue, precisamente, la que se convirtió en un fenómeno, lanzando al estrellato a Alexander Skarsgaard y Joe Manganiello, recuperando a Anna Paquin y moviendo a verdaderas multitudes cada vez que iba a Comic-Con. Podemos reírnos de ella todo lo que queramos, y criticar la evolución de sus temporadas y ese intento, fallido, de Ball de utilizar a los vampiros como alegoría social y política de la situación de las minorías en Estados Unidos, pero "True Blood" fue el fenómeno masivo que HBO necesitaba hasta que encontrara una serie que uniera ese aspecto con el del reconocimiento crítico. Ahora que "Juego de tronos" es ese título, es inevitable que el final de la serie basada en los libros de Charlaine Harris pase un poco más desapercibido, especialmente porque los fans no están demasiado contentos con las últimas temporadas. Pero a veces no está mal acordarse de estas cosas, de que todas las series tienen un papel que cumplir, y que hubo una época en la que Pam era el personaje con los mejores one liners de la televisión, o casi.
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