26 mayo 2014

La cena de los inocentes


ALERTA SPOILERS: Si habéis visto el final de la segunda temporada de "Hannibal", podéis seguir leyendo. Si no, no sé a qué estáis esperando.

La Cena Roja. Así han apodado los seguidores de “Hannibal” al final de su segunda temporada, y no sólo porque el carmesí sea el color predominante en gran parte de esas últimas secuencias. La serie deja a tres de sus protagonistas (Will, Jack y Alana) literalmente colgando del acantilado metafórico de la muerte, y sitúa a Hannibal huyendo a Europa, en un vuelo en el que bebe champán al lado de la doctora Bedelia Du Maurier. La presencia de la psiquiatra en ese avión (otro de los más guiños que han confirmado que la serie había pasado de fijarse en “El silencio de los corderos” a hacerlo en la película “Hannibal”, de Ridley Scott) es la tercera o cuarta de las sorpresas que Bryan Fuller y compañía se reservan para ese último capítulo de la segunda temporada. Que Abigail Hobbs estuviera viva y, seguramente, cautiva del doctor Lecter en el estilo de Miriam Lass, fue tal vez la mayor de todas, al menos hasta que Hannibal apuñala a Will en el estómago con el cuchillo con el que Mason Verger comprobaba la grasa de sus cerdos.

La aparición de los hermanos Verger ha marcado esa diferencia de tono que adquiere “Hannibal” una vez Will sale de la cárcel y trama con Jack una elaborada trampa para atrapar al Destripador de Chesapeake. La imaginería más gótica, de pesadilla y de grand guignol se adueña de los capítulos, ofreciendo no sólo algunas de las escenas más perturbadoras de la televisión actual, sino también la atmósfera musical más particular, y efectiva. No hay nada como “Hannibal” en las parrillas estadounidenses, ni siquiera en el sacrosanto cable premium, y los análisis racionales no sirven para contar lo que es en realidad. Cada episodio es una experiencia sensorial, y a veces también una enorme y oscura broma (las caras de Lecter ante las groserías variadas de Mason, por ejemplo, no han tenido precio), y nos sitúa de lleno en la posición de Will, en su duda de si realmente será capaz de atrapar a Hannibal y, por otro lado, si no se autodestruirá en el proceso.

El baile que todos los personajes hacen alrededor de lo que saben, de lo que quieren ocultar y de lo que creen que los demás han descubierto se ha presentado a cámara lenta, con el ritmo de un vals sincopado, y buscando mostrarnos que aunque Jack y Will sean gente inteligente, Hannibal siempre lo será más que ellos, y nunca pueden estar seguros de si no están siendo ellos los atraídos hacia una trampa. De todos modos, esta segunda temporada ha continuado girando alrededor de la amistad entre el doctor Lecter y Graham, de cómo han medido hasta dónde podían llegar en sus esfuerzos por inutilizar al otro o, después, hasta qué punto podían volverse íntimos. El tema de que Will, en realidad, no es diferente de Hannibal ha sido recurrente desde el piloto, y aquí se ha explorado en toda profundidad. Al fin y al cabo, Graham tiene que convencer a Lecter de que sus métodos para que deje salir su verdadera naturaleza de asesino psicópata han funcionado.

“Hannibal” traslada a la pantalla el tono que tienen los libros de Thomas Harris, y no sólo en sus muertes grandilocuentes y en esos asesinos que más parecen estar poniendo en pie performances macabras. Utiliza mucho el tema de transformación y de realización de la identidad real de cada uno, algo que el psiquiatra intenta conseguir en todos sus pacientes y, especialmente, en los que tienen potencial para ser los próximos Charles Manson. A Hannibal le mueve la curiosidad por ver las reacciones de las personas a su alrededor, y tal vez esa característica la comparta con Bedelia Du Maurier. Fuller explicaba a The AV Club que, tal vez, uno de los motivos de la psiquiatra fuera estudiar un espécimen como Lecter en su elemento, que su curiosidad intelectual la llevara a ir demasiado lejos. Al fin y al cabo, ésa acaba siendo la perdición de todos los personajes de “Hannibal”, eligen ser valientes en lugar de ciegos.
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