10 junio 2014

Las varas de medir

  A veces, cuando se leen críticas cinematográficas estadounidenses (y hasta inglesas, en ocasiones) y españolas, resulta curioso comprobar lo diferentes que pueden ser las opiniones sobre una misma película, y más cuando esa película es un blockbuster, una superproducción de un gran estudio llamada a reventar la taquilla en su primer fin de semana. Esas diferencias no siempre están dictadas por distinciones culturales entre unos críticos y otros, sino por una circunstancia bastante peculiar, como es el hecho de juzgar o no esa película por lo que es. Un blockbuster no puede medirse por el mismo rasero por el que se critica la ganadora de la última Palma de Oro; van a públicos diferentes, tienen metas diferentes y se rigen por unas normas ligeramente diferentes. A ambas se les pide que no nos traten como idiotas, que tengan un guión decente, un director que sepa contar la historia y unos actores al menos comprometidos con el papel, pero “Los juegos del hambre. En llamas” no es igual que “La vida de Adèle”.


Esto puede trasladarse a la televisión, donde a veces parecemos estar juzgando todas las series por el “estándar HBO”, como quien dice. Sí, pedimos que las series sean buenas, pero ese adjetivo, “buena”, no se aplica igual a “True Detective”, a “Arrow” o a “Orphan Black”. Y no lo hace porque cada una de ellas establece sus propias reglas del juego con sus primeros capítulos, y sus pretensiones no son iguales. “Arrow” no está interesada en ser “Breaking Bad”, así que no puede ser juzgada con la vara con la que medimos a la segunda. De hecho, a veces da la sensación de que se instala un ligero esnobismo al recomendar series, un esnobismo que lleva a que sólo cuenta el cable (y el premium, nada del básico, no sea que vaya a gustarnos “Suits”, por ejemplo), y que termina ofreciendo una visión muy reducida de lo que se produce. Se puede ver de todo, pero tenemos que saber lo que estamos viendo. “The Walking Dead” no es “Deadwood”, aunque sí tenga unas pretensiones un poco más “sociales”, como si dijéramos, con el retrato de sus personajes que sí podemos criticarle si no está a su altura.

Pero lo podemos hacer porque ella misma se las ha fijado, no porque nosotros las hayamos impuesto de forma externa. Crítico en serie afirmaba hace unos días que había una especie de alergia a reconocer lo que eran determinadas series, porque ese reconocimiento podía implicar que se las hiciera de menos a la luz de ese Olimpo de las mejores series de la historia que, francamente, a veces parece estar a punto de convertirse en un cliché más gastado que el deus ex machina. Si se dice que “The Good Wife” es una serie de abogados (aunque luego sea algo más), parece que estamos disminuyendo sus logros, y si aplicamos a “Orange is the new black” la etiqueta de serie femenina, da la sensación de que la reducimos a un pasatiempo de sobremesa que no requiere demasiada atención. Las etiquetas están por algo, y también están para ser trascendidas. Tan válida es “The vampire dairies” como “Mad Men”, pero una y otra no pueden juzgarse de la misma manera, porque no están buscando los mismos objetivos. Aunque Damon y Joan podrían formar una pareja curiosa.
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