22 julio 2014

Demasiado drama


La serialización no siempre es una buena idea. Que un procedimental decida marcarse un arco continuado de seis episodios, en los que los policías protagonistas persigan a un asesino que les toca muy de cerca, no tiene por qué elevar automáticamente el interés de la serie. Hay títulos que llevan mejor esos arcos, y títulos que los llevan peor. La subtrama de Gormogón en la tercera temporada de “Bones” puede ser un buen ejemplo, o los múltiples asesinos en serie que han tenido a partir de la séptima entrega, o así. Una serie cuyo fuerte es la ligereza autoconclusiva no siempre es capaz de manejar bien el salto a una serialización que acarrea inevitablemente un drama mucho más serio, tal vez hasta demasiado serio. Las temporadas sexta y séptima de “The Closer” sufrían igualmente de este problema, y estamos viéndolo otra vez en acción en la tercera entrega de “Longmire”.

El título policial de A&E ha sido una serie “de casos” de manual desde el principio, con el sheriff y sus ayudantes resolviendo diferentes asuntos por el condado de Absaroka (Wyoming). Esos asuntos podían ser bastante serios (casi todo lo relacionado con la reserva india lo acaba siendo), pero el elemento melodramático, como si dijéramos, estaba controlado. Una frase en el momento inapropiado de Ferg o una mirada acusadora de Vic servían para rebajarlo. Sin embargo, “Longmire” siempre ha tenido una subtrama serializada de fondo que es algo así como su propia mitología; la muerte de la mujer de Walt. Conforme pasan los capítulos vamos sabiendo más cosas de aquel momento, hasta que en la segunda temporada descubrimos que no ocurrió como el sheriff pensaba. Las cosas se complican enormemente porque realmente es un asunto con muchas ramificaciones y porque la costumbre de Longmire de actuar por su cuenta, sin contar con nadie más, termina afectando a su círculo más cercano.

En aquellos capítulos ya se apreciaba que la serie tiende a cargar demasiado las tintas cuando se pone seria. La subtrama sobre ese pasado de Vic que vuelve para hacerle daño, por ejemplo, camina constantemente por una línea muy fina entre lo interesante y lo maridrama, como quien dice, y muchas veces cae más del último lado (lo que es una pena, porque permite a Katee Sackhoff hacer algo más que lanzarle puyas a Walt). Pero la cosa ha terminado por desbordarse en la tercera temporada, en la que Hunt Coveny y John Baldwin han decidido que sea la investigación alrededor de la mujer del sheriff, y sus daños colaterales, lo que impulse todos los episodios. Como estrategia, no es mala; es algo muy importante para Longmire, algo en lo que por fin acepta que más gente le ayude, así que centrar más la entrega en esa trama es un cambio de ritmo interesante. Sin embargo, hay demasiadas otras tramas muy dramáticas ocurriendo al mismo tiempo, desde lo que aún colea de Vic y la nueva obsesión de Branch (que apunta a que no va a acabar bien).

El drama muy serio no se le acaba de dar bien a “Longmire”, que cae en la misma trampa que “Castle” al crear conspiraciones alrededor de los traumas de sus protagonistas. Es un tropiezo habitual en los procedimentales, en los que muy pocos logran manejar el salto a la serialización de un modo que sea interesante para el espectador y que revele nuevas facetas de los personajes. Eso sí, la relación entre Vic y Walt ha adquirido bastante más peso, aunque en ese modo sobrio característico del sheriff, y lo que sí es cierto es que están adquiriendo mucha más confianza en la dirección de los capítulos, y que menos Branch (que siempre ha sido demasiado intenso), realmente la oficina del sheriff es muy entretenida de ver en acción.
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