30 julio 2014

El mal de Tom Bombadil


¿Os acordáis de lo que son las “serpientes de verano”? Son esas noticias absurdas y, generalmente, poco relevantes que en los meses estivales adquieren la misma importancia que un crack bursátil simplemente porque la actualidad no está tan activa como para llenar una hora de informativos todos los días. Esos temas se convierten en la comidilla de telediarios, programas matutinos y tertulias nocturnas durante semanas, y en cuanto llega septiembre y empieza de nuevo el curso político, nadie se acuerda de ellos. En el mundillo seriéfilo también hay algunos asuntos que parecen serpientes de verano, temas que aparecen entre temporadas y que se tratan como si la serie a la que se refieren acabara de ser cancelada abruptamente. Entre ellos, el más destacado últimamente bien puede ser el de los fans tiquismiquis de libros convertidos en series.

Y no estamos hablando de lectores que se quejan de los cambios que se han hecho en el traslado de la página escrita a la pantalla, sino de los que predicen los cambios que habrá en la próxima temporada basándose en los personajes de los que no se han anunciado los actores que los interpretarán. El fandom de las novelas de “Juego de tronos” está alcanzando cotas absurdas exactamente por esa razón, ejemplificada estos últimos días por el anuncio de parte de los nuevos actores que se incorporan a la quinta entrega. Entre ellos figuran tres Serpientes de Arena, las hijas bastardas de Oberyn Martell, pero no ha habido noticias de Arianne Martell, hija mayor y heredera del príncipe Doran, gobernante de Dorne y hermano de la Víbora de Roja. No sabemos si aún no han encontrado actriz para ella, o si es que parte de su historia se la darán a otro personaje ya visto con anterioridad (como Ellaria Arena), ¿pero para qué esperar cuando pueden emitirse juicios sumarísimos ya mismo?

La ausencia de Arianne en las menciones a la quinta temporada de “Juego de tronos” ha vuelto a desenterrar las acusaciones de misoginia y ha dado alas a aquellos fans de los libros a los que sólo les falta montar un grupo de Facebook que se llame “Game of Thrones in name only”, de tan airados que están porque los Reed aparecieron en la tercera temporada, en lugar de la segunda, o porque Jeyne Westerling se transformó en Talisa, o porque aún no se ha dicho nada de si veremos aparecer al resto de la familia de Theon y Yara Greyjoy (o porque Cersei y Daenerys tienen las cejas marrones, no nos olvidemos de ese clásico). Ayer, en Twitter, James Poniewozik, crítico de la revista Time, volvía a recordar la vieja máxima de que literatura y televisión son medios diferentes, regidos por normas y códigos diferentes, y que cuando un libro se adapta a la pantalla, se van a “traicionar” a la fuerza algunos de sus aspectos que no se trasladan bien a televisión, además de que dejaba de pertenecer exclusivamente a sus lectores.

Lo decía a cuenta de un artículo de Vanity Fair que se preocupaba por otra nueva adaptación de una saga literaria con muchos fans, “Outlander”,  habiendo visto nada más que los títulos de crédito y una breve escena del piloto. Con esas dos muestras, ya era suficiente para temer que la serie no iba a ser un éxito y que se iba a quedar en un romance de leyendas celtas desvaídas. Cuando veamos el capítulo entero el 9 de agosto sabremos si realmente puede funcionar, ¿no? Pero es la cruz de esta era de información y contenido continuos a través de Internet; hay que generar temas, buzz, expectación, trending topics. Lo más fácil para ello es soliviantar a una parte de un fandom diciendo que la serie que adapta su libro favorito va a cabrearlos, y sin saber todavía si eso va a pasar. Parece que de nada sirve recordar que las series tienen que tener su identidad independiente del libro y sostenerse por sí mismas, seguir su coherencia interna y sus normas. Tom Bombadil nunca salió en las películas de “El Señor de los Anillos”, y algunos fans jamás perdonarán a Peter Jackson por ello.
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