04 marzo 2013

Cuando lo pequeño es grande



Cuando Amy Sherman-Palladino dejó de dedicarse a la danza y empezó a buscarse la vida como guionista, su primer trabajo fue en "Roseanne", una comedia que no sólo es de las que más éxito ha tenido en la televisión estadounidense, sino que influenció también a otras sitcom con sus tramas en las que bien podía no pasar nada y cómo sus personajes podían de repente decirse algunas de las cosas más sentidas impulsados por una nimiedad como, a lo mejor, haberse cortado con un folio. En aquella sala de guionistas, el mantra era "haz lo grande, pequeño y lo pequeño, grande", y Sherman-Palladino lo ha aplicado en sus proyectos posteriores, sobre todo en "Las chicas Gilmore" y muy especialmente en "Bunheads", su serie para ABC Family de la que todos los críticos estadounidenses destacan la estructura tan poco rígida de sus episodios, los números de baile que parecen venir de la nada pero que desarrollan las emociones de los personajes (una costumbre iniciada con éste), y que están rodados en una sola toma muy amplia, y esa sensación de que el mayor problema que pueden encontrarse los habitantes de Paradise es un incendio forestal que los obliga a encerrarse en la academia de baile de Fanny y que, por lo que parece, les pasa al menos una vez al año.

Sin embargo, esos problemas pueden parecerles pequeños a los personajes de series como "The Follwowing", pero son realmente importantes para los de "Bunheads", del mismo modo que un asunto que es tan trascendental para una serie de instituto como el sexo es tratado de un modo relajado que reduce mucho su aura de "tema de capítulo muy especial", y que resulta muy efectivo creando no sólo un par de situaciones graciosas (como las asunciones de la madre de Boo en cuanto ésta empieza a salir con Carl), sino momentos con bastante "pegada" emocional como esa conversación entre Michelle y Ginny en la que confluyen todos los sentimientos subyacentes en el capítulo. Algo que todas las críticas sobre el final de la primera temporada han enfatizado es el hecho de que "Bunheads" es una rareza en el panorama televisivo actual en el que se priman muchas veces más los giros de trama y los cliffhangers impactantes que otras cosas. Como pasaba un poco con "Pushing daisies" (y por supuesto en "Las chicas Gilmore"), "Bunheads" nos invita a relajarnos y dejarnos llevar, a disfrutar de sus diálogos veloces, llenos de referencias pop y con su propia musicalidad, de los toques un poco absurdos y de los momentos de baile, y a no estar buscando significados ocultos detrás de cualquier intercambio entre Melanie y Ginny (un dúo cómico insuperable y que ha ganado mucho en estos ocho episodios invernales).

Esa condición de rareza (cuando en realidad no puede ser más clásica en el modo en el que está construida y realizada) es justo la que pone en peligro su vuelta a ABC Family por una segunda temporada. Sus audiencias no son buenas, y lo único que tiene a su favor es que es el único título del canal que adoran los críticos, junto con la sorprendente "Switched at birth", y que ambas representan un pequeño oasis en una parrilla en la que parece que sólo importa desarrollar clones de "Pretty little liars", que es la serie que mejor le funcione a ABC Family. Esta cadena, además, tiene un método de renovar programas que parece más complicado que calcular una asistencia gravitatoria en Júpiter, pues en lugar de pedir directamente una segunda temporada, por ejemplo, va pidiendo capítulos adicionales. La primera entrega de "Switched at birth", por ejemplo, tuvo más de treinta episodios y se emitió, con pausas, a lo largo de casi un año y medio. El resultado de todo esto es que lo mismo podemos ver más peripecias de Michelle y compañía que quedarnos sin ellas.

Y sería una lástima pues, en 18 capítulos, "Bunheads" ha conseguido que lo que parecía el punto débil de la serie al principio, las cuatro jóvenes bailarinas, haya terminado siendo su principal activo junto con Michelle (un personaje más complejo de lo que parece a simple vista, y cuyo truco no está en lo que dice, sino en el muy expresivo lenguaje corporal de Sutton Foster). La amistad entre las cuatro y la exploración de la personalidad de cada una de ellas por separado ha resultado ser de las cosas mejor manejadas de la serie, hasta el punto de que cualquier escena con las cuatro simplemente sentadas a la misma mesa ya resultaba entretenida de ver. También se le ha dado cierta identidad propia a Truly gracias a su hermana Milly (una Liza Weil que hace otra vez de Paris Geller, sí, pero no veo qué problema hay con eso. Paris era grande), y los números musicales han ido mejorando hasta llegar al "Makin' whoopee" del vídeo de arriba, que cerraba la temporada y que, como decía otro crítico estadounidense, ganaba a "Glee" y "Smash" en su propio juego.
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