01 septiembre 2006

Por una bofetada

He de reconocer que nunca me gustó Glenn Ford, uno de los últimos representantes de la época dorada de Hollywood, que falleció hace un par de días, y cuyo nombre estará para siempre ligado a la bofetada que le dio a Rita Hayworth en "Gilda". No terminaba de convencerme, y eso que fue un estimable actor en películas de cine negro, como la propia "Gilda". Sin embargo, en el otro género que le dio fama, los westerns, yo no le veía la gracia. Tal vez porque el que le dio más notoriedad, "Cimarrón", me parece excesivamente largo y un pelín aburrido.
Qué se le va a hacer, no pueden gustarte todos los actores del cine clásico. Tampoco puedo soportar a Charles Boyer, que me parece demasiado afectado, pero eso no quita para que "Luz que agoniza" sea una de mis películas favoritas, y que él sea un malo muy acertado. Y Jennifer Jones tampoco es santo de mi devoción; de esas actrices guapas y misteriosas, prefiero a Gene Tierney. También Laurence Olivier me resulta a veces demasiado histriónico y pedante, en plan "soy el mejor actor del mundo, y lo sé", pero su mujer durante cierto tiempo, Vivien Leigh, me parece una actriz con gran magnetismo, aunque la pobre fuera bastante inestable mentalmente.
A veces pasa que, cuando nos hablan de un actor o una película clásicos, verdaderos tótems de la historia del cine, damos por sentado que son buenos y nos deben encantar, cuando no tiene porqué ser así. A mucha gente no le gusta "Casablanca" (a mí me encanta, qué le vamos a hacer), y "Ciudadano Kane" se le hace pesada (de Orson Welles, yo prefiero "Sed de mal"), o de "Lo que el viento se llevó" sólo les gusta la primera parte, hasta el incendio de Atlanta (es que luego Escarlata puede resultar bastante pesadita). Quizás porque hemos oído hablar tanto de ellas que, cuando por fin las ves, a veces te llevas un chasco.
Sin embargo, hay otras películas de esas décadas doradas de Hollywood con las que los críticos dan menos la matraca y que son verdaderas delicias. Así, a bote pronto, se me ocurren "La cena de los acusados", un whodunit humorístico y con mucha clase con una pareja protagonista sensacional (William Powell y Myrna Loy) y basado en un libro de Dashiell Hammett; "La escalera de caracol", una intriga absorbente y muy bien llevada por Robert Siodmak, aunque su protagonista me cargue un poco; "Mamá nos complica la vida", una comedia divertida y sutil con una Kay Kendall tremenda y, de entre todas las películas de aventuras de época que se hicieron en los 50, yo me quedo con "El halcón y la flecha". Donde esté Burt Lancaster, que se quite Errol Flynn.
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