14 noviembre 2007

"El séptimo sello": El cielo está vacío

Con motivo del fallecimiento de Ingmar Bergman, en casi todos los periódicos recuperaron algunas de las últimas entrevistas que el cineasta sueco había concedido. Entre ellas, había unas declaraciones suyas realmente curiosas con respecto a "El séptimo sello", Premio Espacial del Jurado en el Festival de Cannes de 1957 y, quizás, su película más conocida, la que lo hizo famoso. Refiriéndose al éxito que la cinta había tenido, Bergman aseguraba que se sorprendía de que los espectadores hubieran asumido tan rápido, y sin dudarlo, que un actor con la cara pintada de blanco podía ser la Muerte.

Pero no es difícil asumirlo cuando ésta está por todas partes, acechante como ese último sello cuya apertura desata el fin del mundo, como ese jaque mate inaplazable que pone fin a la partida de ajedrez de la vida. Es una película muy teatral que, a la vez, consigue unas imágenes muy poderosas, y que está impulsada por un existencialismo acusado (todo fan de Woody Allen debería verla para comprender mejor la obsesión por la muerte del director neoyorquino). El aquí y ahora es lo único que importa porque estamos solos, la idea de Dios es sólo eso, una idea, una invención espoleada por nuestro miedo a morir y no hay más vida "eterna" que ésta que vivimos en este momento.

¿Cómo debemos vivirla? ¿Como el escudero, que aboga por aprovecharla al máximo, o como el caballero, preocupado por cuestiones espirituales que lo alejan del mundo y que, al final, tampoco sirven de consuelo en el momento final? Algunos relojes solían llevar la inscripción latina omnes feriunt, postuma necat, (todas hieren, la última mata), un recordatorio de la inexorabilidad del paso del tiempo y de que la Muerte es el final del camino.

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