28 enero 2014

Los Oscar son un lodazal

¿En qué momento se convirtieron las nominaciones a los Oscar en una excusa para criticar y tildar de "sobrevaloradas", como mínimo, a todas las películas con aspiraciones a hacerse con el premio principal de la gala? ¿Cuándo se abrió la espita para que el único modo de hablar de las candidaturas sea poniéndolas a parir? Y Dios te libre de confesar que te lo pasaste bien con la última película que se ha decidido lapidar, porque Internet se te tirará encima y decidirá que no tienes criterio. Es un fenómeno realmente curioso que lleva ya un tiempo acechando en los márgenes de la cobertura sobre la temporada de premios y sobre los casi dos meses que transcurren entre que se conocen las nominaciones y se entregan los Oscars, y este año está ejemplificado a la perfección en "La gran estafa americana" y su sorprendente condición de favorita en esos galardones (condición otorgada por su número de nominaciones, básicamente). The Daily Beast resume el tono de muchos de los artículos aparecidos sobre ella y cómo ha cambiado su percepción desde su estreno; de comedia irregular y simpática ha pasado a ser casi la mayor estafa (nunca mejor dicho) de los Oscars.

Es muy cierto que, en cuanto empezó a recoger premios en diciembre (lo primero fue el reconocimiento a la mejor película de la crítica de Nueva York), la maquinaria promocional a su alrededor se salió rápidamente de madre. La sobredimensión que otorga a una película que le cuelguen el cartel de "cinta para los Oscars" casi en marzo del año anterior y que se estrene a final de año, en la época tradicional para estos títulos, ya ayuda muy poco a mejorar su imagen de cara al público de a pie, a no ser que acabe siendo una obra maestra ignorada por la academia. Muchos espectadores se enfrentan a las películas de los Oscars listos para destrozarlas al mínimo desliz (ese soniquete del "no es para tanto" tan común en Twitter entre diciembre y marzo), y caen presas del exagerado hype que crean las primeras críticas que aparecen de ellas. Ver "Brokeback Mountain" cuando se estrenó en España, muchos meses después de los elogios que la saludaron en el festival de Venecia, era asistir a un coro de "pues no entiendo cómo ha podido ganar tantos premios" a la salida del cine.

Como si estuvieran siguiendo la tercera ley de Newton, a esas primeras buenas críticas les acaba siguiendo una reacción negativa de la misma intensidad, o hasta mayor, para compensarlas en cuanto la película llega a un público más amplio, y aunque puede resultar hasta lógico, sigue siendo algo peculiar y que, en los últimos tiempos, está convirtiendo la cobertura de los Oscars en un concurso para ver quién es más cínico y está más de vuelta de todo. Es probable que Harvey Weinstein y sus maniobras dignas de Vito Corleone para impulsar sus películas hasta el premio gordo tengan buena parte de culpa en todo esto (y eso que, este año, prácticamente nada de lo que ha intentado le ha salido bien, mientras a su rival el año pasado, Megan Ellison, le está pasando lo contrario), pues la publicidad negativa no ha escapado a sus tácticas para buscar, por ejemplo, y sin éxito, el Oscar para Martin Scorsese por "Gangs of New York". Ver cómo conseguía que cintas como "Chocolat" se colaran entre las cinco nominadas a mejor película no contribuyó a darle a los premios de la Academia de Hollywood una pátina de respetabilidad.

Y así llegamos a "La gran estafa americana", heredera del backlash que el año pasado sufrió "Argo" y del odio que se instaló contra Jennifer Lawrence y "El lado bueno de las cosas" después de que ella se llevara el Oscar a la mejor actriz. Todos los años hay una película que, no se sabe muy bien por qué, se convierte en la ineludible, la que está por todas partes, que acaba ganando más premios de los que parecía y llega a las nominaciones a los Oscar con un perfil bastante más alto del esperado. "The Fighter" ya sufría de esta circunstancia, sobredimensionada por la gran acogida que tuvo entre los críticos en la temporada de premios y por los galardones para Christian Bale y Melissa Leo, y ahí se inició este extraño affaire entre David O. Russell (del que antes sólo se hablaba para comentar su difícil carácter y sus peleas en los platós de "Tres reyes" y "Extrañas coincidencias") y los Oscars. Está viviendo lo que Jason Reitman vivió con "Juno" y "Up in the air", o Paul Thomas Anderson con "Boogie Nights" y "Magnolia", y en esa ola tiene bastante poco que ver si sus películas merecen tal reconocimiento o no. En cuanto los Oscars encuentren a su próximo niño mimado, nadie se acordará de Russell.

¿Justifica esta sobredimensión de las campañas para los Oscars, alimentada alegremente por críticos y oscarólogos, que la tendencia a la hora de hablar de estas películas sea la de arrastrarlas por el barro? Ni una sola de las nominadas de este año se libra (el guión de "Gravity" es flojo, "12 años de esclavitud" no es suficientemente dura, "Philomena" es un telefilm...), y esta moda de que ir ya por defecto con el "no es para tanto" por delante es, evidentemente, un daño colateral de dichas campañas y, al mismo tiempo, un ejemplo de cómo cada vez hay menos hueco para el término medio en la apreciación de alguna obra audiovisual. Y que sólo eres simpático y cool mientras pierdes; en cuanto ganas, te transformas en la peor persona del universo.
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