02 noviembre 2014

La Increíble Amy y las islas del Guadalquivir

Adaptar "Perdida", el libro de Gillian Flynn, al cine no ha debido ser tarea fácil.La historia no sólo está narrada desde dos puntos de vista (Nick, en el presente, y Amy en el pasado), sino que esa narración dual es la que va lanzándonos revelaciones y giros cada dos por tres, giros que van cambiando la percepción que nos hicimos de los personajes cuando abrimos el libro por primera vez. Para que "Perdida", la película, sea efectiva, tiene que lograr mantener ese doble punto de vista y, por supuesto, tiene que darle algo a los espectadores que ya han leído el libro. Así luego no lo tienen tan fácil para estar comparando constantemente lo que pasa en la pantalla con lo que aparece en las páginas del libro. Y el modo en el que David Fincher y la propia Flynn eligen hacerlo es convirtiendo la cinta en una sátira tremenda directa a la línea de flotación de algunos de los temas que más obsesionan a la sociedad occidental; el amor y el matrimonio y los medios de comunicación.

En los medios estadounidenses, además, llevan meses hablando sobre la representación de las relaciones de pareja en el cine y la televisión y sobre el papel de la mujer en ellas, y "Perdida" es un comentario brutal al respecto. Retuerce completamente todas las convenciones "románticas" de las revistas de estilo de vida y de los blogs (esas cansinas listas de "diez cosas que debes hacer para atraer a las mujeres/los hombres"), y lo hace a través de un personaje que es un poco un Dexter de las relaciones sentimentales, capaz de simular cualquier emoción y ponerse cualquier máscara para lograr su propósito. "Perdida" tiene un sentido del humor negrísimo y retorcido, y aunque formalmente es una historia de misterio, un thriller,es sobre todo la exploración de esa Increíble Amy que parece una rubia de Hitchcock, y que ha convertido a Rosamund Pike en la chica de moda de este final de 2014 (y con todo merecimiento).

Durante el festival de San Sebastián (y hasta antes de ver siquiera la película entera), a Alberto Rodríguez, director de "La isla mínima", no dejaban de preguntarle si se había inspirado en "True Detective" para crear la atmósfera de su policíaco en las marismas del Guadalquivir. La memoria del público suele ser bastante corta y, en nuestro afán por buscar comparaciones constantemente, nos vamos a lo último que hemos visto, pero ni la serie de HBO inventó ese subgénero, por decirlo de algún modo, ni "La isla mínima" se dedica a copiarla. Historias de detectives en ambientes naturales opresivos y en pueblos en los que nadie habla ha habido unas cuantas (si nos ponemos un poco snobs, ahí está "Conspiración de silencio"), y lo más normal en una película de policías es que haya dos protagonistas. Además, parece que esa comparación le quita virtudes a "La isla mínima", que tiene las suficientes para sostenerse por sí misma.

De hecho, si tuviera que deberle algo a alguna obra pasada, sería a "La huella del crimen" por su manera de utilizar el asesinato que se investiga para explorar la sociedad del lugar y de la época, un 1980 en el que Franco había muerto y se habían celebrado las primeras elecciones democráticas, pero donde el ambiente de la dictadura todavía persistía (ese cacique que se cree con derecho de pernada...). Los dos policías se enfrentan a toda una forma de vida que aún se siente subyugada y oprimida, y que se cierra en banda ante cualquiera que vea como un extraño. Luego están los demonios personales de cada uno, y hasta una pequeña subtrama política, pero nada de eso distrae de lo importante, y no parece que la cinta esté saturada de cosas. Todo está ahí por algo, todo tiene su sentido. Y al final, como siempre, ellos dos sólo son un pequeño eslabón que no puede detener una gran cadena.

Música de la semana: HBO (y Canal+ Xtra en España) está emitiendo "Sonic Highways", una serie documental en ocho capítulos que sigue a Foo Fighters grabando las canciones de su próximo disco en ocho ciudades diferentes de Estados Unidos. Todas tienen un pasado musical que, teóricamente, conforma esa nueva canción de Dave Grohl y los suyos, y es justo la exploración de ese pasado lo que hace que la serie tenga su interés. Del episodio dedicado a Washington D.C. nos quedamos con el tema que Foo Fighters grabó allí, "The feast and the famine", muy influido por la escena punk rock de la ciudad.
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