20 febrero 2012

Mercado pequeño, corazón grande

El pasado mes de enero, algunas cadenas de Estados Unidos emitieron un documental llamado "Small market, big heart", que intentaba mostrar lo que podía representar para la ciudad de Sacramento que los Kings, su franquicia de la NBA, se marcharan a Anaheim después de 26 años allí. En el documental (en el que habla también el alcalde de la ciudad, el ex NBA Kevin Johnson), argumentan que perder a los Kings sería un duro golpe para Sacramento porque perdería una de las pocas cosas en las que puede aspirar a competir con Los Ángeles o Nueva York, pero estar en un mercado pequeño constriñe sus oportunidades de lograr grandes jugadores y de mover el mismo tipo de dinero que mueven Lakers, Knicks o Celtics.

Los Oakland Athletics de béisbol están también en un mercado pequeño, en una ciudad que tiene la mitad de habitantes que San Francisco (estando al otro lado de la bahía), que tiene a su propia franquicia de la MLB (los Giants) como rival de los A's, y que como resultado de todo esto, tiene menos dinero para construir una plantilla ganadora (y eso que la MLB no tiene institucionalizado un tope salarial como la NBA), y no puede evitar que los equipos grandes se lleven a sus mejores jugadores. Así tiene el equipo al principio de la temporada de 2002 su manager general, Billy Beane, frustrado por haber perdido otra vez a las primeras de cambio en los playoffs y por encontrarse impotente para retener a sus estrellas y conseguir buenos jugadores que los suplan.

Sin embargo, Beane y el joven licenciado en Económicas, Peter Brand, revolucionaron el modo en el que se entendía la confección de una plantilla de un equipo de béisbol al decidir aplicar un método estadístico ideado por Billy James, que intentaba ver el verdadero valor de un jugador y un equipo mirando única y exclusivamente sus estadísticas, y que partía de la premisa de que el deporte profesional es injusto y la brecha entre franquicias grandes y pequeñas termina determinando siempre a las pelean por los campeonatos. Todo esto, contado en un libro de Michael Lewis que se creía inadaptable, puede resultar muy árido y totalmente ajeno para gente que no tenga ningún interés por el deporte ni por las estadísticas, pero es justo una de las virtudes de "Moneyball", una de las inclusiones más sorprendentes en las nominaciones de los próximos Oscars por su complicado camino para llegar a la gran pantalla (su producción se paró varias veces a lo largo de los años) y porque no parece que una historia sobre economía del béisbol vaya a funcionar.

Lo interesante es que lo hace, y bastante bien. Al poner el acento en la testarudez, el esfuerzo y, a su manera, el romanticismo de Beane por intentar que los A's peleen de tú a tú con los grandes, le otorga humanidad a todos los números, y sin necesidad de explotar demasiado la condición de parias y olvidados con ganas de demostrar que aún valen de los jugadores (sobre todo, Scott Hatteberg, al que le dan algo más de cancha). Que "Moneyball" no es en realidad una película sobre béisbol lo demuestra el hecho de que, como su general manager, no vemos más que unos pocos momentos escogidos de los partidos, y nos quedamos más en el backstage, en el modo en el que Beane y Brand tienen que enfrentarse a prácticamente todo el establishment del deporte (incluido su propio entrenador) para intentar dar la vuelta a la situación en la que se encuentran los A's, sin dejar de creer en lo que están haciendo y en sus posibilidades a pesar de que, al principio, parece que les va a salir el tiro por la culata.

Bennett Miller, que había dirigido la estupenda "Capote", maneja con seguridad todos los recovecos de la historia, haciendo que se pueda seguir bien sin ser un experto en béisbol, y lo que hace Brad Pitt es, como muy bien han dicho varios críticos, prestar carisma en el estilo del Hollywood clásico para anclar todo "Moneyball" en las convicciones de su personaje. Eso sí, si la veis montando un juego de beber cada vez que Beane tira algo al suelo o sale comiendo, os pillaréis una buena cogorza.
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