17 enero 2013

Fantasmas y marginados

En el subgénero de películas de instituto hay otra categoría, como quien dice, que se centra en los chicos más inadaptados, en los marginados, en los que se mueven fuera del "ecosistema" del instituto y de los chicos populares y de los raros. Más o menos, "Las ventajas de ser un marginado" se centra en ese grupo de adolescentes, en los que no encajan en ningún sitio más que entre ellos mismos, chicos que son más cultos, o más sensibles, o más maduros o con más secretos que el resto, y que sólo están a gusto en compañía de otros chicos como ellos, que los comprenden. Con la diferencia de que el trío protagonista arrastra unas heridas emocionales que hacen que la película tenga un tono distinto de lo que podríamos suponer si leemos su sinopsis, sobre todo por cómo es Charlie, la wallflower del título original en inglés, que en realidad hace referencia a alguien que está ahí sin llamar la atención, pero que escucha y que sabe lo que está pasando.

El caso es que Charlie necesita ser escuchado más que escuchar. El modo en el que Logan Lerman y Stephen Chbosky (director y autor del libro en el que se basa la película) nos van presentando y van desvelando todas las capas que hay en él, las cosas que arrastra en su "mochila de las piedras" (como la directora Gracia Querejeta llama al sentimiento de culpa), es uno de los mejores hallazgos de la cinta, junto al trío que Lerman forma con un carismático Ezra Miller y una Emma Watson que empieza a dar pasos en la dirección correcta para no quedarse atascada en Hermione Granger. El modo en el que "Las ventajas de ser un marginado" cuenta lo que cuenta es delicado, sin necesidad de explicitar cosas que ni siquiera sus propios personajes se atreven a contar, pero que quedan perfectamente claras. Sí, es una película protagonizada por adolescentes, pero los sentimientos que despliega son bastante adultos. El problema es que ellos no saben todavía cómo manejarlos.

"Los otros" recuperó para el género de terror las historias de fantasmas más clásicas, en las que las presencias sobrenaturales casi no se ven durante buena parte de la película y en las que importa casi más el trauma o los problemas que tenga el protagonista que el miedo que den los fantasmas. Además, también recuperó un cierto estilo en esas historias que ha influenciado bastante algunas de las películas posteriores sobre el tema, como "La maldición de Rookford", una historia de fantasmas centrada en un internado para chicos en la Inglaterra de 1921, todavía traumatizada por las enormes pérdidas humanas que sufrió en la Primera Guerra Mundial. De hecho, su protagonista es una joven que perdió a su novio en la guerra, y que se gana la vida desmontando fraudes de supuestos videntes que afirman que pueden conectar a los familiares con sus muertos.

Por supuesto, cuando la llaman para que investigue si el fallecimiento de uno de los alumnos del internado se debe al fantasma de un niño que pulula por allí, ya podemos suponer que sus creencias van a ponerse a prueba, y aunque la película tiene alguna cosa interesante, y entretiene, no termina de despegar. Le falta algo de personalidad propia (además de que el final es una variación de cosas ya demasiado vistas), lo que es una lástima porque los traumas de la guerra que llevan consigo todos los personajes da, por lo menos, para un par de momentos interesantes y algo más reflexivos de lo habitual. Pero "La maldición de Rookford" se queda al final en una cinta de fantasmas más bien tirando a genérica, aunque con una Rebecca Hall siempre consistente.
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