23 enero 2013

Presidentes sin esclavos y amores bipolares

Los caminos de la taquilla son, la mitad de las veces, inescrutables, y si no, no hay más que mirar a "Lincoln". ¿Cómo una película sobre la trastienda de las negociaciones y corruptelas que necesitó Abraham Lincoln para incluir en la Constitución la enmienda que abolía la esclavitud ha podido amasar más de 150 millones de dólares desde su estreno en noviembre en Estados Unidos? ¿Cómo es posible que una cinta en la que, básicamente, lo único que vemos durante dos horas y media es a un montón de hombres circunspectos discutiendo se haya convertido la nominada más taquillera de las nueve que compiten este año por el Oscar a la mejor película? En el podcast "La sexta nominada" tienen la teoría de que la promoción que se ha hecho de "Lincoln", convirtiéndola en una película acontecimiento de las que se lleva a los escolares a ver en una excursión de la clase de Historia, puede haber tenido buena parte de culpa, y no hay que descartar que sea así.

"Lincoln" es muy densa (como también lo era la obra por la que su guionista, Tony Kushner, es más conocido, "Angels in America"), y aunque se esfuerza por que quede muy claro quién era quién y cuáles eran los pasos que había que seguir para que el Congreso aprobara la 13ª Enmienda, a veces es inevitable no sentirse un poco apabullado por semejante torrente de información, y por las largas anécdotas que Lincoln cuenta para establecer metáforas con lo que quiere conseguir (un personaje llega a marcharse de la habitación ante una de esas anécdotas, harto de escucharlas a todas horas), y todo esto lleva a que la película sea mucho más intelectual que emocional, por mucho que Spielberg dé el último toque con el personaje de Tommy Lee Jones (que tiene una última escena estupenda, por cierto). Por supuesto, el trabajo de ambientación es sensacional y Daniel Day-Lewis está como siempre, con sus breves toques histriónicos cuando el presidente se enfada, pero hay que ser consciente de lo que se va a ver con "Lincoln".

Desde hace algún tiempo, los críticos de cine estadounidenses se preguntan por qué ya no se hacen comedias románticas. El género solía ser sinónimo de personajes con personalidades bien definidas, cuyo choque llevaba a los chistes, que en bastantes ocasiones eran ingeniosos y no iban buscando el mínimo común denominador humorístico, pero desde hace bastante tiempo está muy devaluado y prácticamente aparcado por los grandes estudios. Las series de televisión y las produciones más o menos independientes parecen ser su último reducto, y "El lado bueno de las cosas", uno de sus pocos faros de esperanza. Porque la cinta de David O. Russell, otra de las grandes favoritas de cara a los próximos Oscar, es justamente eso, una romcom bien hecha, con sus protagonistas que empiezan más bien enfrentados, sus secundarios graciosetes (en esta ocasión, el amigo de Pat que no para de fugarse del hospital psiquiátrico) y la tarea en la que la pareja en cuestión se ve forzada a colaborar, enamorándose en el proceso.

El toque diferente aquí es que casi todos sus personajes tienen algún tipo de trastorno o enfermedad mental. Pat es bipolar, Tiffany atravesó una severa depresión, el padre de Pat es un obsesivo compulsivo cuya afición a los Philadelphia Eagles de la NFL es, evidentemente, enfermiza, y todos ellos deben aprender a convivir con esa condición para poder ser felices. En ese aspecto, su originalidad exterior esconde una película mucho más convencional (algo que pasaba también con "The Fighter"), pero su optimismo y su humanidad acaban ganando la partida. La química que despliegan en pantalla Bradley Cooper y Jennifer Lawrence hacen el resto, demostrando que un par de protagonistas que funcionen bien juntos ya justifican cualquier comedia romántica, algo que también se ha ido perdiendo con el tiempo. Y el estilo más naturalista que Russell utiliza le va muy bien a la película, especialmente en las escenas familiares de Pat.
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