15 abril 2014

Ley de vida

 
El año pasado ya comentamos que, en cuanto "Mad Men" y "Juego de tronos" coinciden en las parrillas, pobres de aquellos que no vean ninguna de las dos series, porque casi no encontrarán conversaciones de otros temas. Los blogs estadounidenses sólo tienen ojos para los últimos gifs de Joan Harris y el último giro inesperado de la trama en Desembarco del Rey, pero mientras ambas series dominan las conversaciones y las disecciones episodio a episodio, cada una se encuentra en un momento muy diferente de su vida. "Juego de tronos" está ya en la cuarta temporada, pero también está en una curva ascendente de popularidad y audiencias que bien podría estar muy cerca de alcanzar el cénit, mientras para "Mad Men" no sólo es la séptima entrega, sino que es la última (o la primera parte de la última), y ya tuvo ese momento cumbre hace dos o tres temporadas. Su curva se encuentra en la fase de declive, como parecen atestiguar unas audiencias en su estreno que son las más bajas que ha tenido desde 2008.

Hace casi exactamente un año, cuando se supo que AMC iba a emplear con Don Draper la misma táctica de dividir la última entrega que utilizó con "Breaking Bad", Vulture ya profetizaba que "Mad Men" no seguiría el ejemplo de Walter White y no explotaría de repente en los ratings de Nielsen, triplicando sus audiencias cuando más cerca estuviera de echar el cierre definitivo. "Breaking Bad" iba encaminada hacia un final que se prometía climático, que iba a dar respuestas, que debía solucionar las tramas orquestadas desde el principio. "Mad Men" no funciona así. Incluso el misterio de la identidad de Don Draper no es tal, y no hay un motor que impulse la historia como un tren sin frenos hasta el final, tipo la persecución de Heisenberg por parte de la policía y de sus otros enemigos. Habrá algún tipo de clímax emocional, pero el mundo de estos publicistas se mueve por otras reglas. "Breaking Bad" se prestaba más a los maratones a lo loco, a la adicción de no poder parar de ver capítulos porque quieres saber si Jesse logrará salir con vida de todo. El ritmo en "Mad Men" es más contemplativo, lo que está en juego es diferente y no es cuestión de vida o muerte. Es fascinante de ver, pero es diferente.

No es extraño, además, que series que van a finalizar en su séptima temporada no experimenten un repunte en las audiencias. Lo normal es que hayan tenido un declive en ese aspecto y que sólo suban ligeramente cuando se acerquen los últimos episodios (que recordemos que, para "Mad Men", no se verán hasta el año que viene), y eso se aplica hasta a títulos adorados por la crítica como el de Matthew Weiner. Es ley de vida, y más cuando la serie en cuestión llegó a su momento de mayor gloria algunas temporadas atrás. En el caso de "Mad Men", las audiencias nunca han importado demasiado (importa más quién la ve que cuánta gente la ve), y dónde demostraba su ascendencia era en las entregas de premios. Ahí también hay ciclos y modas, y la serie tuvo un arranque tan fulgurante y un dominio tan completo durante cuatro años, que era inevitable que, en cuanto apareciera alguna novedad que los académicos consideraran suficientemente cool como para reconocerla, la dejarían de lado.

Como decimos, es ley de vida. "Mad Men" ha seguido un poco el camino que Don Draper ha trazado en la serie; empezó en la cima y tiene que vivir un inevitable declive, pero eso no quiere decir que, el próximo año, no vayan a llenarse otra vez los blogs de recordatorios, análisis, resúmenes con gifs y listas de lo más variado sobre su legado. Su hueco en el panteón televisivo no se lo van a quitar.
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