02 octubre 2014

El enganche del WTF

Shonda Rhimes ha edificado su imperio televisivo sobre los what the fuck?!, los giros en la trama completamente inesperados y alocados. En eso podemos estar todos de acuerdo. Que el piloto de “Anatomía de Grey” se abra directamente con Meredith llevándose a la cama, sin saberlo, a su jefe en su nuevo trabajo ya empieza a dar pistas de que las sorpresas constantes van a ser el leitmotiv de la serie. La bomba dentro del paciente todavía debe ser uno de los momentos más ojipláticos de la televisión reciente en Estados Unidos. Rhimes sabe que la tele tiene mucha más competencia que antes, y no sólo desde el cable; el vídeo bajo demanda, las consolas, Internet en general, todos le roban potenciales espectadores a las series, y cuando éstos son fieles a una, la mayoría de las veces no la ven en directo, la graban para más tarde o esperan a que el capítulo de la semana esté en Hulu.

¿Cómo conseguir que esa audiencia vuelva a sentarse un jueves a las 8 a ver tu serie en ABC? Dándole tantos WTF seguidos, que la única manera de poder disfrutarla sin que nadie te estropee la diversión es hacerlo en directo. Los talent shows siguen teniendo más audiencia en vivo que grabados porque, si no los ves en su momento, no puedes comentar con nadie al día siguiente lo que ha pasado. O te quedas fuera de la conversación por Twitter. Hay que convertir la serie en una cita obligada que no te puedes saltar, si quieres conservar parte de tu vida social, y Shondaland lo ha logrado manteniendo al público sin saber qué esperar después del próximo corte de anuncios. La depuración de su método ha llegado con “Scandal”, de la que resulta fascinante la fascinación, valga la redundancia, que despierta en la sociedad estadounidense, pero sólo con giros de guión no puede conseguirse el enorme seguimiento que tiene.

No, las series creadas o producidas por Shonda Rhimes parecen haber aprendido de la mejor escuela; la de los culebrones lujosos y loquísimos del primetime de los 80 (la boda moldava de “Dinastía” aún está por superar, igual que la maldad de Angela Channing). Busca una protagonista femenina con fuerza, un villano que tenga todavía más astucia y recursos que ella y rodéalos de gente sin escrúpulos dispuesta a cualquier cosa para conseguir sus objetivos (mete también algún alma cándida por ahí para que haya contraste). Y haz la serie que te dé la gana, como si no tuvieras nada que perder (así se lo reconocía a Rhimes a Willa Paskin en una entrevista para Slate). “Scandal”, desde luego, va a saco desde el principio, y su molde parece el mismo en el que está horneada “How to get away with murder”. Todo el mundo es muy ambicioso, todo el mundo se cree más listo que los demás, y todos creen a pies juntillas en aquella máxima de Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

Esas series pueden salirse con la suya presentando, por ejemplo, una clase de derecho que parece una edición descartada de “Survivor” (o un remedo de aquella trama genial de “House” para elegir a los nuevos ayudantes del doctor) porque crean unos mundos en los que todo está un poco exagerado. Viven en una especie de realidad aumentada en la que casi todos los momentos WTF están justificados porque no se ven raros. Locos, sí, pero no raros. Como con todas las series, hay que saber lo que uno está viendo cuando se enfrenta a una serie de Shondaland. Si es capaz de terminar una temporada con el secuestro de un bebé directamente desde el vientre de su madre…
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