29 julio 2009

Pizarras sin borrar

ALERTA SPOILERS: Hace tiempo que terminó la primera temporada de "Dollhouse" pero, por si acaso, debo avisar de que os dejéis esta entrada para otro momento si no sabéis aún quién es Alfa y qué pinta el White Label en todo esto.

Es curioso que, en apenas un año, vayan a coincidir varias series con conflictos de identidad en el centro de sus personajes y de sus tramas. A los cylones de "Galáctica" y la realidad virtual de "Caprica" se les unen las muñecas de "Dollhouse" y su lento despertar a la propia identidad, al descubrimiento de que son un individuo único y diferente de todos los demás (lo que nos diferencia a los humanos de otras especies animales). Incluso con la treintena de personalidades implantadas a la vez, Echo sabe que sólo ella es Echo. El proceso de descubrimiento de los activos, que ocurre a pesar de los esfuerzos de Topher por mantenerlos como tabulas rasas, no es demasiado diferente de la manera en que las copias genéricas de un determinado modelo cylon iban diferenciándose unas de otras por sus experiencias.

El último episodio de la primera temporada (sin contar "Epitaph One", rodado para el lanzamiento en DVD y que yo aún no he podido ver) daría para sesudas discusiones filosóficas, y no sólo sobre el Übermensch de Nietzsche que Alfa trae a colación durante su discusión con Echo. También se podría discutir sobre si la personalidad es innata o se desarrolla con el tiempo, aprovechando la afirmación de Ballard de que, por mucho que les borren, los muñecos siempre guardarán "residuos" de lo que eran originalmente. Carl Craft era un psicópata, así que esas tendencias estaban latentes en Alfa. Pero tampoco vamos a sacarnos una nueva versión de "El mundo de Sofía". Lo interesante de este final de temporada son las posibilidades que abre para la segunda.

En Alfa, que sigue libre, se personifican todas las maldades que se podrían hacer con la tecnología de las muñecas, desde crear esos seres superiores con los que él está obsesionado a verdaderos ejércitos de soldados esclavos con unas habilidades increíbles. Sus propósitos no son sólo destruir Dollhouse, sino que su psicopatía lo lleva más allá, en camino de convertirse en un archienemigo megalómano de cómic. Por otro lado, tenemos oportunidad de descubrir que, efectivamente, los muñecos tienen oportunidad de salir de allí una vez cumplan su contrato, y que los que tienen algún problema pueden reutilizarse, como ocurrió con Whiskey tras el incidente con Alfa. Lo que lleva a preguntarse por qué Whiskey fue implantada con la personalidad del doctor Saunders, en lugar de ser liberada. ¿Quién era ella en un principio? ¿Y qué pasó con el doctor Saunders original?

Aún tiene que recorrer camino hasta ser la serie que nos vendieron en un principio, o que tiene potencial para ser, pero la mejora que se evidenció desde la mitad de la temporada invita a ser optimista de cara a esa segunda entrega que Fox le concedió en uno de los movimientos más inesperados de la primavera televisiva. Me intriga el papel qué va a desarrollar Ballard en todo esto, y qué va a hacer Echo ahora que, por fin, se acuerda de Caroline. Como se dice al principio de la serie, una pizarra nunca puede borrarse completamente.
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