18 octubre 2010

Poder, Facebook y fútbol

Cuando se publicaron por primera vez noticias de que Aaron Sorkin y David Fincher iban a hacer, uno desde el guión y el otro dirigiendo, una película sobre Facebook, muchos nos dedicamos a hacer todo tipo de bromas sobre ella. ¿Qué sería lo próximo? ¿Una película sobre el Monopoly (oh, un momento...)?Pero si la CBS se permitía adaptar un perfil de Twitter para sacarse de la manga una sitcom, ¿por qué no iba a poder hacer una película sobre los orígenes de Facebook? Dicho y hecho, "La red social" nos lleva hasta la universidad de Harvard, en el otoño de 2003, cuando un brillante, pero inadaptado, estudiante Mark Zuckerberg empieza a plantar en una noche de borrachera, y movido por el despecho, las semillas de lo que luego será un fenómeno interneteril sin precedentes.

A partir de ahí, lo que se desenvuelve ante nuestros ojos es una historia de recelos de clase, búsqueda de la popularidad y, entre otras cosas, cómo tener acceso a mucho dinero y mucho poder de un modo muy rápido es seguir un camino seguro hacia la corrupción de los ideales originales, muc has veces de forma inconsciente. Siendo un guión de Sorkin, es una película de mucho diálogo muy rápido, y teniendo en cuenta que nos cuenta las tres demandas diferentes que se presentaron concernientes a la creación de Facebook, es encomiable no sólo que no nos perdamos en ningún momento y que se nos deje formarnos nuestras propias ideas sino que, en cuanto te quieres dar cuenta, la cinta se ha acabado.

De lo que más se ha hablado desde su estreno es de que si Zuckerberg sale mal parado (en realidad, el que de verdad sale mal, mal es Sean Parker, co-fundador de Napster -el desarrollador era Shawn Fanning-), si Fincher y Sorkin se toman licencias dramáticas y de si los académicos de los Oscar conectarán con una historia que se mueve alrededor de una página web, simplificando mucho. Pero las tensiones y los principios que se muestran en "La red social" se aplicarían igualmente a organizaciones benéficas, operaciones criminales o empresas tradicionales tipo un banco. No es más que la tentación del poder y del reconocimiento público, de tener nuestros quince minutos de fama.

La corrupción del poder también juega su papel en "The two Escobars", documental de la serie "30 for 30" de ESPN que ha causado sensación no sólo entre la crítica estadounidense sino también en los festivales de Tribeca y Cannes. Dirigido por los hermanos Michael y Jeff Zimbalist, retrata un momento muy concreto de la historia de Colombia usando como excusa la participación de su selección en el Mundial de Estados Unidos, en 1994, y las consecuencias del gol en propia puerta que marcó su capitán, el defensa Andrés Escobar, precisamente contra el equipo anfitrión. El fútbol colombiano atravesaba una época de bonanza gracias al dinero que inyectaban en sus clubes los narcotraficantes y, en concreto, Pablo Escobar, propietario del Nacional de Medellín en el que jugaba el otro Escobar, Andrés, y la situación social impulsada por la pujanza de los narcos se veía reflejada en el fútbol.

Como dice Pacho Maturana, seleccionador de Colombia en aquel Mundial, "el fútbol no es una isla", y vivió los buenos tiempos (para algunos), la violencia, las obras sociales para los jóvenes, la megalomanía, la corrupción política y la guerra más o menos encubierta que generó el gran poder que llegó a alcanzar Pablo Escobar. El documental habla no sólo con algunos de los futbolistas que fueron a aquel Mundial, como Valderrama o "el Tren" Valencia, sino que también lo hace con la hermana y la novia de Andrés Escobar y con la familia y la mano derecha (y asesino de confianza) de Pablo. Retratan la situación desde todos los ángulos posibles y explicando cómo todo estaba interconectado, y aunque el fútbol es sólo una excusa, al final lo que queda es el camino truncado de aquellos jugadores y la figura trágica de su capitán.
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