04 febrero 2011

Un exceso de perfección

Hace ya algún tiempo, cuando David Beckham estaba en la cima de su éxito mediático (más o menos, el verano en el que el Real Madrid lo fichó desde el Manchester United), una amiga mía se quejaba de que aquel inglés rubio y tatuado estuviera por todas partes y fuera presentado como el mayor sex symbol del momento. Si le preguntabas cuál era la razón por la que Becks no le gustaba, su respuesta era siempre la misma, corta y contundente: "Es demasiado guapo". ¿Se puede ser demasiado perfecto? ¿Pueden estar todos los componentes de algo tan cuidados y tan perfectamente encajados que el conjunto se resienta?

Por ahí parecen venir buena parte de las críticas más o menos negativas hacia "Boardwalk Empire". Entre la cadena (HBO), los nombres asociados detrás de las cámaras (Martin Scorsese, Mark Walhberg y Terence Winter), los rostros que dan vida a esos personajes (de Steve Buscemi a Michael Pitt o Kelly Macdonald), el dineral gastado en reconstruir el Atlantic City de 1920, los premios que ha ganado recientemente... Todo eso hace que bastante gente la vea fría, sin alma, demasiado perfecta. Supongo que todas las expectativas generadas por esos nombres también tienen parte de la culpa, porque cualquier cosa que no supere a "Los Soprano" se verá como algo menor. El perfeccionismo en los detalles puede ser, paradójicamente, uno de los defectos principales de las series de época (ni siquiera "Mad Men" es inmune a eso), y es comprensible que pueda convertirse en una de las excusas para abandonar el show sin mirar atrás.

Una cosa es cierta; no es una serie de maratones, ni siquiera en el tramo final, cuando de repente lo que está en juego es algo mucho más grande que en el piloto y todos los personajes están involucrados. Su objetivo, al menos en esta primera temporada, es trenzar bien el tapiz de cómo era aquella época y cómo era el caldo de cultivo de las familias mafiosas que alcanzarían el poder unos pocos años más tarde. La época de la Ley Seca se considera el punto de partida del crimen organizado moderno en Estados Unidos, y la situación es demasiado compleja para centrarlo todo en un personaje o una sola trama (sólo con las actividades de Arnold Rothstein daría para otra serie). A mí me resulta muy interesante; entiendo que, a otros, no.

Sin embargo, la clave en todo esto es Nucky Thompson. De algún modo extraño, Steve Buscemi es la serie, y su interpretación de Nucky como un corrupto que quiere dominarlo todo, pero al que no le gustan las demostraciones explícitas de fuerza, más un político que un gángster, es lo que le confiere el principal punto de enganche. Sin tener la presencia física de James Gandolfini ni el aire enigmático de Jon Hamm, Buscemi logra convertirse en indisociable de su personaje y afianzar su rol de pilar de la serie. Nucky no es perfecto, y él sabe cómo hacérnoslo ver.
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