27 enero 2010

Mala porque me da la gana

Bette Davis, Barbara Stanwyck, Joan Crawford... Las grandes malas de los melodramas de los 30 y los 40 abrieron el camino a esas mujeres fuertes y decididas que se ponían el mundo por montera se llevaran por delante a quien se llevaran por delante. Su carácter e independencia de juicio en un mundo en el que las mujeres de los melodramas eran bastante sumisas las catalogaba enseguida como las "villanas" de la función pero, desde luego, si no fuera por ellas, esas películas no serían lo que son y, muchas veces, su presencia era el principal reclamo de la película (¿o es que alguien ve "Jezabel" por Henry Fonda, o "Perdición" por Fred McMurray, aunque ésa sea más cine negro?).

El papel de la mala no sólo debe ser interesante y fuerte sobre el papel, sino que necesita no ya de una actriz competente, sino de una estrella para que aún adquiera mayor dimensión (Mer apunta algo similar en esta crítica de "Valientes"). En los culebrones de los 80 eran muy conscientes de ello, y así teníamos a una oscarizada Jane Wyman en "Falcon Crest", la requetemala Joan Collins en "Dinastía" y, en su spin off "Los Colby", lograron tener a la mismísima Stanwyck. Los protagonistas de la serie podían ser ricos, guapos y buenazos, con lo que eran unos tostones supinos, pero el contrapunto de aquellas mujeres con los abrigos de pieles, los joyones, los pelazos a la moda y sus viperinas maquinaciones era mucho más divertido y le ponía una guinda de mala leche muy necesaria para que eso no pareciera la Disneylandia del petróleo, por ejemplo. Los ricos también lloran, decía aquella indescriptible telenovela con Verónica Castro, pero era mejor cuando lo hacían a manos de una señora aún más rica y maquiavélica.

Las "malas" no pueden descuidarse (los de TVE fueron muy listos fichando a Concha Velasco para "Herederos"). En un culebrón (o pseudo-culebrón) han de ser bigger than life y generar tanto odios encendidos como amores incondicionales, y pueden ser muy divertidas (como Vanessa Williams con sus demoledoras sentencias en "Ugly Betty"). Los americanos tienen esto muy asumido, pero no así nosotros. Es cierto que la falta de un cierto star system televisivo nacional merma mucho la capacidad de estrenar una serie usando como reclamo a un gran nombre que enseguida todos asociemos con gran personalidad y potencial para ser una mala mítica, de las que levantan una ceja, y te dejan clavado en el sitio. ¿Que a veces están pasadas de rosca? Más divertidas. Las dos "brujas" de "Floricienta" o, si me apuráis, hasta la peliteñida de "Betty, la fea" podían servir como excusa para tragarte unos cuantos capítulos, aunque, en retrospectiva, "Betty, la fea" merece más atención de lo que podríamos creer. Pero eso será en otra ocasión.
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