14 mayo 2008

¿Quién quiere vivir para siempre?

La inmortalidad, a ser posible acompañada de la eterna juventud, es uno de los sueños más antiguos del hombre y, como tal, siempre ha tenido un lugar preeminente en multitud de obras de ficción de cualquier género. Un personaje que no puede morir, o cuya vida se extiende durante siglos, ya ofrece un interesante dilema dramático: sí, vivir para siempre es genial, pero, ¿qué pasa cuando sigues con tu vida, joven y lozano, y a tu alrededor desaparece todo lo que conocías, mueren todos tus seres queridos y te quedas solo? Ya tenemos un personaje, amargado seguramente, con un potencial estupendo.

Con el nuevo auge del fantástico y la ciencia ficción, sobre todo en la televisión, el clásico de los inmortales tenía que ser recuperado a la fuerza. Ya sea con vampiros ("Moonlight", que podría mudarse a The CW con sus chupasangre estilo Anne Rice) o con mortales a los que se les concedió esa posibilidad, en casi todos los casos la longevidad se presenta con la dicotomía de ser, al mismo tiempo, un don y una maldición. Jack Harkness, ciertamente lo ve así (aunque luego no es capaz de responderle al Doctor si quiere morir), y no creo que John Amsterdam lo vea de diferente manera. Incluso para los elfos de Tolkien el tiempo es una losa.

Porque, en realidad, todos estos personajes ejemplifican el peso del transcurrir del tiempo, como éste nos afecta, nos hace evolucionar, nos obliga a reaccionar. Incluso para los cylones, que cuando mueren simplemente se descargan en otro cuerpo, ese sucedáneo de inmortalidad no está exento de consecuencias indeseadas (recuerdos traumáticos, dolor, desorientación inicial). Casi todas las historias que tratan sobre la búsqueda de la inmortalidad presentan a los "héroes" la misma pregunta: ¿quieres vivir para siempre, aunque eso suponga continuar solo, en un mundo al que tú ya no perteneces?

P.D.: Sí, el de la foto es Sean Connery con esas pintas inenarrables que llevaba en "Los inmortales". No sé cuál de los protagonistas era peor, Christopher Lambert o Adrian Paul, que protagonizó la consiguiente serie de televisión entre 1992 y 1998. Eso sí, hay que reconocerles haber dejado para la posteridad eso de que "sólo puede quedar uno".
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