04 noviembre 2008

El experimento de las margaritas

Creo que ya puedo adelantar que, en cuanto termine esta temporada, voy a echar de menos "Pushing daisies". Sus audiencias son discretas, cuanto menos, y no parece que vayan a remontar espectacularmente de aquí al parón navideño, así que me doy por satisfecha con que podamos ver completa la segunda temporada, que mucho han de cambiar las cosas para que no sea la última. La larga sequía de capítulos que tuvimos por obra y gracia de la huelga de guionistas (la serie despidió su primera temporada en diciembre y no volvió hasta el pasado mes de septiembre) ha resultado un torpedo en su línea de flotación, y no porque "Pushing daisies" haya cambiado o haya perdido sus señas de identidad. Pero, de algún modo, y aunque sigue manteniendo el favor de los críticos, ya no cae en gracia con el público, que piensa que su trama y su forma de contarla no dan para más de una película de dos horas.

Siempre he pensado que lo que Bryan Fuller pretendía hacer era algo así como un experimento, una serie en la que la forma fuera tan importante como el fondo, en la que gran parte de su encanto fueran los decorados llenos de color y el vestuario a juego con ellos, la búsqueda de lo ingenioso sólo por el mero hecho de serlo, el aire de cuento para historias que, en el fondo, son bastante tristes y el seguimiento a rajatabla de aquella norma de Howard Hawks para los diálogos de "Luna nueva": "¡Más rápido!" (o aquél "life is short, talk fast" con el que The CW promocionaba "Las chicas Gilmore" y "Verónica Mars"). El romance entre Ned y Chuck tiene bastante de aquellas comedias románticas de los 30 y los 40, comedias que, para parte de los espectadores actuales, han perdido su encanto (algo en lo que disiento enérgicamente).

Tampoco es que "Pushing daisies" sea la puesta al día del screwball comedy, pero esa apuesta suya es más arriesgada de lo que podría parecer en un principio. Requiere del espectador que se deje atrapar por ese juego formal, por esos diálogos como trabalenguas dichos a la velocidad de una ametralladora, por unos casos que importan todavía menos que los de "Bones" (y ya parecía difícil), por unos personajes a los que no resulta complicado tomarles cariño, por algunos puntos realmente conseguidos (Pigby, el hábito de monja de tía Lilly), por uno de los mejores secundarios de la tele actual (sí, Chi McBride es el frakkin' amo)... Si no entras en el juego, todo te parece cargante, tonto y sobrevalorado.
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