04 enero 2011

Jorge VI y la fórmula Weinstein

Una de las críticas que he leído sobre "El discurso del rey" (no recuerdo ahora mismo dónde) decía que es una de esas películas correctas, bien hechas, con buenos actores y, en bastantes ocasiones, británicas y de época que los hermanos Weinstein cuidan desde el principio para colocarlas después en la mejor situación posible en la carrera hacia los Oscars. Nada molesta en la cinta de Tom Hooper (curtido, por cierto en la televisión, desde "EastEnders" a "John Adams"); la ambientación está muy cuidada, se transmite bien la sensación de inseguridad y de que se te venga el mundo encima que el Duque de York siente cada vez que tiene que hablar en público (aunque también es verdad que se abusa del gran angular), transcurre con fluidez, tiene toques de humor y está liderada por tres actores que se complementan a la perfección, con unos Geoffrey Rush y Helena Bonham-Carter más contenidos de lo habitual y un Colin Firth realmente destacable.

Los Weinstein son unos maestros en la promoción para los premios, y si con mucho menos han conseguido nominaciones a los Oscar y hasta premios (ahí está el de Penélope Cruz por "Vicky Cristina Barcelona" y su siguiente nominación por "Nine"), con "El discurso del rey" parecen más que listos para repetir lo de "Shakespeare in love" y sorprender a los grandes favoritos en febrero (en este caso, David Fincher y "La red social", que ya se llevó una buena decepción con "El curioso caso de Benjamin Button"). El Oscar que sí parece que tienen muy cerca, salvo disgusto, es el de mejor actor para Colin Firth. El año pasado, su interpretación en "Un hombre soltero" lo dejó muy cerca del gran premio, pero le tocó competir con un Jeff Bridges al que la academia le debía hace tiempo un reconocimiento. Ahora, y aunque Bridges vuelve a estar ahí con el remake de "Valor de ley", las tornas han cambiado y Firth es el favorito.

Lo cierto es que su retrato de Jorge VI antes de ser rey es digno de mención, y no sólo por la tartamudez, que es un cebo en el que al Oscar le encanta picar. Bertie, como lo conocían en su familia, se nos presenta como un hombre agobiado por la sombra autoritaria de su padre y por la mayor seguridad de su hermano, que acabaría renunciando al trono por su amor por la divorciada Wallis Simpson (que es la parte peor conseguida de la película). Sus inseguridades se transmiten a través del tartamudeo, que no es demasiado pronunciado, y el único modo que encuentra de superarlo es recurrir a un peculiar profesor australiano que se dedicará más a enseñarle a confiar en sí mismo como medio para poder hablar en público sin bloquearse. La amistad entre los dos es donde está el centro de todo, aunque sí se cuentan la sucesión de acontecimientos e intrigas políticas que llevan a un reticente Bertie al trono y cómo él, una vez allí, se crece para estar a la altura.

Firth nunca ha sido, por lo general, un actor de histrionismos, lo que viene muy bien para que el tartamudeo no se convierta en el principal gancho del personaje y podamos apreciarlo mejor en su conjunto. Su relación con el Lionel Logue de Geoffrey Rush es divertida y con buena química, y no tiene ningún problema en llevar el peso de la película. Por suerte para él, hace mucho que dejó de ser el señor Darcy.
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