23 enero 2011

Fantasmas y un café en Islandia

Tras siete temporadas y una emisión en dos cadenas diferentes, "Medium" ha llegado a su fin. Ha sido un poco apresurado porque les acortaron la orden de capítulos de 20 a 13 cuando aún andaban por la mitad, pero al menos han podido tener un episodio final que de verdad cierra la serie y las historias de sus personajes, incluso aunque sea un final que, en su mayor parte, se ha visto un poco rebuscado. Lo cierto es que, como comentábamos ayer por Twitter, Glenn Gordon Caron y el resto de guionistas ya habían gastado un buen cierre en la sexta temporada, sobre todo en lo concerniente al caso que Allison debe resolver. Dicho esto, de todos modos, hay un par de buenas ideas en ese final (spoiler, no me parece mal que elijan que Joe muera en un accidente de avión, y que la serie se acabe con la muerte de una anciana Allison, que ha tenido una buena vida, y su reunión con Joe en el más allá, y fin del spoiler), y la última secuencia, con todos los actores marchándose uno por uno del plató al ritmo de "If you want me to stay", de Sly & The Family Stone, es una bonita despedida.

Evidentemente, sus mejores temporadas se emitieron en la NBC; es donde lograron con mayor consistencia sueños de verdad inquietantes (y algunos daban hasta miedo, como los del psicópata doctor Walker), y los cambios de horario que sufrieron al pasarse a la CBS hicieron que, especialmente en la séptima temporada, esa virtud se perdiera un poco. Y aunque el último episodio no haya estado realmente a la altura, "Medium" sigue siendo un buen retrato de una familia de clase media como los DuBois, con sus pequeñas discusiones, su amor y sus problemas cotidianos, uno de los retratos más realistas que se han podido ver en la televisión reciente, junto con el de los Taylor de "Friday Night Lights". Y también una serie que, de vez en cuando, podía conseguir historias más desasosegantes que cualquier película de terror que se estrene actualmente, muchas veces sólo con un encuadre determinado de la cámara y cierta música.

En 2005, la BBC encargó una serie de programas que debían tener África como tema principal, aprovechando la cumbre del G8 que debía tratar sobre la erradicación de la pobreza. Uno de esos programas era una pequeña película, coproducida con la HBO, que justo trataba esa cumbre de lleno, "La chica del café". Su guionista, Richard Curtis, estaba también muy involucrado en la campaña Make Poverty History, que surgió al mismo tiempo, y ahí hay que buscar el germen de la cinta. Sin embargo, Curtis no quería hacer una película sólo de tesis, una en la que sólo se pontificara sobre el tema y, de ese modo, espantara al público, así que colocó en el centro una historia de amor de esas complicadas, entre dos personas que han levantado sendos muros de protección a su alrededor, muros que dejarán caer lentamente para que nosotros podamos ver la tristeza y el bagaje que protegen.

Curtis escribió el papel central, el funcionario del gobierno británico Lawrence, para Bill Nighy, con el que ya había trabajado en "Love Actually", y el papel femenino fue a parar a Kelly Macdonald, que ya había coincidido con Nighy en la miniserie "State of play". Su director, David Yates, es también el responsable de este film, el último que hizo para la televisión antes de lanzarse de cabeza al mundo de Harry Potter, y maneja perfectamente la historia, con unas composiciones frías y geométricas que representan todo el peso y las represiones sobre los hombres de Lawrence. Conoce a Gina, una joven callada y enigmática en un café, y entre muchas dudas a dejarse llevar por sus impulsos, Lawrence termina pidiéndole que vaya con él a la cumbre del G8 en Reykjavik.

Puede haber a quien los diálogos sobre la necesidad de actuar contra la extrema pobreza en el mundo le chirríen en medio de la película, es posible, pero lo que hace funcionar la cinta es justo esa historia de amor en la que sus protagonistas tienen demasiado miedo a bajar la guardia, en la que ninguno se atreve de verdad a confesar lo que siente o a superar su timidez. Nighy y Macdonald están estupendos, diciendo mucho sin hablar casi nada (ella ganó el Emmy a la mejor secundaria en 2006), y sólo por verlos en acción merece la pena echarle un vistazo a "La chica del café".

Música de la semana: Es famoso que, en la búsqueda del mayor realismo posible en "The Wire", la serie no tiene banda sonora, y la única música que se escucha es la que se reproduce en algún aparato que aparezca en escena. Sin embargo, para cerrar cada temporada, no es raro que haya un montaje de imágenes al son de alguna canción. En el caso de la cuarta temporada, la canción elegida fue la versión que Paul Weller hizo de "I walk on gilded splinters", un tema de Dr. John que invoca de algún modo una venganza vudú al más puro estilo de Nueva Orleans.
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