21 enero 2011

La esquina

Para muchos críticos, la cuarta es la mejor temporada de "The Wire", lo que en los estándares de la serie viene a ser la más desesperanzada, descreída y demoledora de todas. Es aquella en la que la estructura circular se hace más evidente porque, aunque muchos de sus personajes intentan cambiar, al final están todos igual que al principio, es decir, con muy pocas opciones de futuro. El esquema de hacer que el penúltimo capítulo esté lleno de eventos y de resoluciones (y de promesas de cambio), y que el último sea un mazazo, un bajonazo en toda regla, también es todavía más evidente en estos 13 episodios en los que nos enseñan una pieza más del puzzle de Baltimore que David Simon está montando ante nuestros ojos; el sistema educativo. En concreto, el centro se fija en los niños de las esquinas y en cómo ni el colegio, ni sus padres, ni la policía ni las instituciones municipales se hacen cargo de ellos, cómo la calle y la cultura de la esquina son su única familia y su única escuela.

En uno de los extras de la edición en DVD se cuenta que, en las zonas urbanas más deprimidas (lo que se suele llamar inner city), antes las familias solían ser monoparentales. Uno de los progenitores acababa sumergido en las drogas o en el alcohol, o en la cárcel, o muerto o se marchaba de casa, y el otro, generalmente, la madre, quedaba al cargo de los hijos, a los que intentaba mantener alejados de los peligros del barrio para que, un día, pudieran salir de él (muchísimos deportistas estadounidenses vienen de familias así). Con el tiempo, sin embargo, esas familias monoparentales pero fuertes se rompieron, y los dos padres caían en la espiral de la drogadicción, dejando a sus hijos a merced de cualquier narcotraficante que les prometa simplemente cuidar de que no les falte comida que poner en el plato. Sólo la gente de la calle se preocupa por ellos, aunque sea una preocupación interesada, así que ellos acaban trapicheando en la esquina.

Y los valores de la esquina no se restringen sólo al oeste de Baltimore. Ese orgullo de "no voy a rogar por algo, no voy a dejar que nadie me pise" se ve también en el ayuntamiento y en el departamento de policía, y los tejemanejes de Marlo y Prop Joe por hacerse con el control de los cargamentos de droga no son tan diferentes, en el fondo, de las maniobras por ser elegido alcalde o por arañar dinero de esta partida presupuestaria para meterlo en esta otra que puede dar más rédito político. Todo es un juego y todo está en el juego, como no se cansaban de repetir los hombres de Barksdale en la primera temporada, pero el juego está completamente podrido.

Además de ese retrato de un sistema demasiado ensimismado en el funcionamiento de sus engranajes como para poder cambiar, lo curioso de esta temporada es cómo va poniendo las piezas de cara a la quinta, la última, en la que nos tocará verlo todo desde el punto de visto de los medios de comunicación. Hay un pequeño rayo de esperanza para un personaje, un grupo de policías que vuelve a reunirse para intentar atrapar al nuevo y despiadado dueño de las esquinas de Baltimore, otro personaje que, en su afán por controlarlo todo, puede muy bien estar a punto de meterse en algo que le queda grande y la resignación de casi todos de que se puede creer en el cambio, pero la realidad se encargará de que no llegue.
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