29 julio 2007

La semana Potter

Esta semana parece que no salgo de Hogwarts, atrapada por completo por culpa tanto de la maquinaria promocional, que hace que Harry Potter esté por todas partes, como por el hecho de estar enfrascada a la mitad del último libro (maldición Cruciatus para quien se atreva a destripar nada... Por ahora) y haber pasado un frío polar viendo en el cine "Harry Potter y la Orden del Fénix", acompañada, por cierto, de un público con una edad media muy superior a la de los protagonistas de la cinta.

No merece la pena disertar sobre si las películas son buenas adaptaciones, si son buenas a secas, si los actores por fin están correctos... En Moonfleet hay una crítica bastante acertada de éste último film, hasta la fecha, por lo que no es necesario seguir ahondando en el tema. Son cintas bien hechas, en las que no se nos toma por tontos, que se disfrutan mucho más habiendo leído los libros (si no nos ponemos a pensar en todo lo que han tenido que dejar fuera, claro) y que, desde luego, no terminan de sumergirse de lleno en el mundo de Harry, cada vez más tenebroso. En "La Orden del Fénix", de todos modos, hay unas cuantas cosas muy curiosas y que creo que están bien logradas. Lógicamente, la pléyade de secundarios es lo mejor, como siempre. Es una pena que veamos poco a Severus Snape, al que Alan Rickman dota a la vez de ironía y de cierta sensación de amenaza, y todavía más porque Snape empieza a jugar un papel muy importante a partir del quinto libro. A cambio, sin embargo, tenemos a una estupenda Dolores Umbridge (Imelda Staunton), tan británica ella, con una fachada inquietante de tan perfecta y a Luna Lovegood, que roba todas las escenas en las que sale, y que está interpretada por una debutante, Evanna Lynch. También es una pena que, con la relevancia que tiene el tema de la profecía, la aparición de la profesora Trelawney (Emma Thompson), que fue quien la pronunció en su momento, sea más bien anecdótica. Por lo menos, asistimos a una nueva reunión de Staunton y Thompson. Después de haber tenido a Kenneth Branagh, ¿habrá sitio en las dos próximas películas para Stephen Fry y Hugh Laurie?

Como era de esperar, la labor de dirección artística es de altura. Grimauld Place, la casa de Sirius, es verdaderamente tenebrosa. Como curiosidad, ¿os fijásteis en el árbol genealógico de Siruis? Casi todos sus parientes llevan nombres de estrellas: Sirius pertenece a la constelación de Can Mayor (y el padrino de Harry se transforma en perro, precisamente), Bellatrix está en Orión, y en el árbol puede verse a Cygnus, nombre latino de la constelación del Cisne, a Régulus, el hermano de Sirius, que es la estrella más brillante de Leo, y a Arcturus, en el Boyero. Y la sala de las profecías del Ministerio de Magia está también muy conseguida, además de que las máscaras de los Mortífagos me recuerdan muchísimo a otras que he visto en alguna parte, y no soy capaz de situar.

Los pobres Ron y Hermione no tienen mucho que hacer por su parte en esta entrega (se pierden, por ejemplo, los momentos de manipulación mediática de Hermione para hacer frente a Rita Skeeter), pero lo que sí queda todavía más claro es la atracción entre ellos, sutil, como viene insinuándose desde "El prisionero de Azkaban", pero cada vez es más evidente. En la película, el momento más claro es la reunión de los tres protagonistas en la sala común de Gryffindor, en la risa de Hermione después de meterse con Ron cuando Harry les habla de su beso con Cho Chang. Finalmente, una pequeña preguntilla. Es cierto que, sabiendo que su compositor es John Williams, es inevitable encontrar semejanzas con trabajos suyos anteriores, pero con el tema principal de las películas de Harry Potter, a veces me parece estar a punto de ver a los ewoks entrando en el gran salón de Hogwarts. ¿Os pasa también a vosotros?
Publicar un comentario