03 enero 2008

Dios salve a Jane Austen

Hay algo en lo que nunca nadie podrá no ya superar, sino simplemente igualar a la tele británica: las adaptaciones de sus libros clásicos. Se marcan unas miniseries en las que se cuida al detalle la ambientación, el vestuario, el reparto, el director... Los clásicos se merecen un respeto y, muchas veces, se tira la casa por la ventana si es necesario. Si te sale bien, puedes conseguir que una miniserie adaptada de uno de esos clásicos se convierta, a su vez, en un clásico.

Ejemplo, "Orgullo y prejuicio". Son seis capítulos que la BBC emitió en 1995 en los que se adapta la novela más conocida de Jane Austen y que se convirtieron en un éxito tal, que cualquier adaptación posterior de una obra de Austen se mide con el estándar fijado por esta miniserie (la película de Joe Wright sufre bastante en esa comparación). Lo más difícil para cualquiera que se atreva con "Orgullo y prejuicio" es intentar que los espectadores (y sobre todo, las espectadoras) se olviden del señor Darcy de Colin Firth, tan enraizado en la memoria audiovisual que el amor platónico de Bridget Jones se llama Darcy precisamente por él (en el libro, además, se dice que se parece físicamente a Firth). Las coincidencias entre esta treintañera neurótica y "Orgullo prejuicio" no acaban ahí, ya que las dos comparten también guionista, Andrew Davies, un tipo experto en adaptaciones de libros clásicos a la tele y, concretamente, en Jane Austen, ya que suyas son las miniseries de "La abadía de Northanger" y de "Sentido y sensibilidad" (o "Juicio y sentimiento", como se tradujo originalmente en España). La última estrenada, por ahora, es "Una habitación con vistas", y está preparando el "asalto" a otro gran clásico inglés: "Middlemarch", de George Eliot.

La serie de "Orgullo y prejuicio", además, mantiene el sentido del humor del libro, especialmente en el señor Bennet (que a mí me pareció divertídisimo, aunque hay quien no lo ve así), y la ironía con la que Jane Austen describía los incesantes actos sociales a los que unas jóvenes en edad casadera debían asistir en el siglo XVIII si querían encontrar un marido con una renta suficiente para mantenerlas. Porque, al final, los libros de Austen se reducían a prácticamente un único tema: el dinero.
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