04 enero 2012

Esperanzas en el aire

La mariposa de los títulos de crédito de "Great expectations", como bien apuntan en "Series a la parrilla", ya nos cuentan la moraleja detrás de la historia de Pip de la forja y su extreme makeover a un caballerete londinense; que las expectativas pueden ser grandes y llevarnos a construir castillos en el aire, pero también pueden ser tan bellas y efímeras como una mariposa. Durante los tres estupendos capítulos de esta adaptación de Charles Dickens, vemos cómo Pip se deja llevar por la promesa de esas esperanzas y por las cosas que él da por supuesto que van a ocurrir, lo que nunca puede acarrear nada bueno. El aire no es cimentación de ningún tipo para un castillo, y la ingenuidad y romanticismo de Pip, que aprende a la fuerza a madurar, es el principal hilo conductor de la miniserie, con la que la BBC no ha reparado en gastos para iniciar la celebración del "año Dickens".

Desde los primeros y espectaculares planos de esos pantanos dejados de la mano de Dios, hasta el ambiente gótico y decadente de todo lo que rodea a la señorita Havisham, "Great Expectations" apuesta por en un estilo visual que le permite crear una atmósfera muy eficaz. Desde el principio estamos ahí, con Pip, viviendo su historia de amor con Estella y su ascenso por la escala social, y vemos también que da igual que uno sea rico o pobre si tiene muy pocos escrúpulos para buscarse la vida o, simplemente, no quiere negarse nada de lo que pasa por delante suyo. Será un villano demasiado de una pieza, pero Orlick, el ayudante de la fragua, tiene un cierto aire trágico realmente interesante.

Trágica y decadente es también la señorita Havisham, que es siempre uno de los puntos en los que es habitual fijarse para ver si determinada adaptación de "Grandes esperanzas" es un acierto o no. El fantasmal retrato de Gillian Anderson entra en la primera categoría (Anderson está ya abonada a estos personajes dickensianos, aunque su Lady Dedlock de "Bleak House" aún está por superar), y todo el ambiente de Satis House, anclada en un tiempo que jamás volverá, es uno de los mayores aciertos de la miniserie, desde el abigarrado gabinete donde Pip juega a las cartas con Estella hasta el comedor del banquete nupcial. Y el desmoronamiento progresivo de la casa es una buena metáfora de la erosión de las esperanzas de todos los personajes, que viven más en sus ensoñaciones de futuro que en el presente.

Por supuesto, nadie desmerece en el reparto, con un Douglas Booth que es una revelación, y aunque se pierda la crítica social habitual en Dickens en favor de la historia de amor (que, por otro lado, es algo bastante común en las adaptaciones de "Grandes esperanzas"), ésta está realmente muy bien contada y Estella no es sólo el témpano frío que puede parecer al principio, lo que habría restado fuerza a la trama. Para tener sólo tres episodios, "Great expectations" no se nota apresurada y fluye sin problema. Y nos deja a Harry Lloyd en un papel, por fin, que no es de malvado.
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