04 marzo 2014

Las pesadillas de Will Graham

ALERTA SPOILERS: Como el primer capítulo de la segunda temporada de "Hannibal" empieza con fuerza, es mejor avisar de lo que podéis encontraros por aquí si no lo habéis visto.

La primera temporada de "Hannibal" empezaba a poner las piezas que deben llevarnos hasta "El Dragón Rojo", el primer libro de Thomas Harris que presentaba al doctor Lecter, ya entre rejas, y que Bryan Fuller ha afirmado que adaptarían en una hipotética cuarta temporada. En aquel libro se contaban algunas cosas de la relación pasada entre Will Graham y Lecter, pero nunca se especificaba qué había pasado (si yo no recuerdo mal), más allá de que Graham había tenido que estar una temporada apartado del servicio. En esa segunda entrega vamos a ver esa temporada que el asesor del FBI pasó en ese hospital psiquiátrico donde el doctor Chilton cada vez se parece más al que vimos en "El silencio de los corderos" (los homenajes a esa película siguen siendo constantes), y donde trata de limpiar su nombre ahora que, por fin, ve con claridad quién es y lo que le ocurre. Y eso no es otra cosa que Hannibal Lecter le tendió una trampa, y que él es el psicópata muy inteligente que están buscando.

Lecter se presenta en este episodio en una inversión de roles con respecto a Will. Ya no es un agente "pasivo", que sólo escucha y, cuando hace algún movimiento, es subrepticio; ahora juega un papel mucho más activo en la investigación de los crímenes del FBI y parece estar dando los pasos para actuar de una manera más abierta. Da la sensación de que, a pesar de ser el culpable de que Will esté acusado de los asesinatos que él cometió, realmente quiere ayudarle y se preocupa por él, y esa dicotomía resulta interesante de ver. ¿Será ésa la razón por la que terminaremos viendo esa pelea entre Hannibal y Jack Crawford en su cocina, una pelea que parece indicar que su verdadera naturaleza como el Destripador de Chesapeake va a ser descubierta? ¿Cómo conseguirá Will librarse de ésta? Aunque Alana está dispuesta a ayudarle, y hasta Jack lo está, los dos se sienten más inclinados a creer que es culpable, pero que no recuerda haber hecho nada, que a pensar que es inocente y nada más que otra víctima de Lecter.

"Hannibal" sigue apostando por un aspecto visual que la distingue de todo el resto de la ficción que está haciéndose en televisión ahora mismo (diría que sólo "True Detective" le sigue el paso). Entre esos sueños de Will que parecen sacados de los títulos de crédito de "Los hombres que no amaban a las mujeres", esa fotografía de luz otoñal y decadente y esos crímenes horribles y hermosos al mismo tiempo (más unos efectos de sonido magistrales), estamos todo el rato metidos en los malos sueños de Will Graham, en su mente todavía alucinada y que se aferra a lo que sabe que es real ahora que ya no tiene que ponerse en la piel de esos asesinos en serie que perseguía. Ahora tiene que ponerse en su propia piel para averiguar exactamente qué le hizo Hannibal.

03 marzo 2014

Los Oscars de diciembre

Cuando se anunciaron las nominaciones a los Oscar, a mediados de enero, los expertos ya tenían una quiniela de favoritos que habían confeccionado con los premios de la crítica y las candidaturas a los Globos de Oro y los galardones de los sindicatos. Esas apuestas de diciembre sufrieron algún que otro sobresalto en los SAG y en los BAFTA, con lo que parecía un surgimiento desde atrás de "La gran estafa americana", pero al final se quedó en un espejismo, y los ganadores finales fueron, ni más ni menos, que los que oscarólogos daban como tales en diciembre. Desde el reparto de película y director entre "12 años de esclavitud" y "Gravity" a los premios de actuación (para Cate Blanchet, Matthew McConaughey, Jared Leto y Lupita Nyong'o), incluyendo el guión original para "Her" y los triunfos de "Frozen" en canción original y película de animación, sólo la victoria de "A 20 pasos de la fama" sobre "The act of killing" se salió del guión (pero así Darlene Love pudo cantar), y hasta Ellen DeGeneres cumplió las expectativas de quienes pensaban que volvería a ser una presentadora más bien sosilla.

DeGeneres sí dejó algún que otro apunte en su interacción con el patio de butacas, desde la autofoto más llena de estrellas a su reparto de pizzas entre el respetable, pero de lo que más se habla el día después no es de su labor sobre el escenario, sino de los discursos de algunos de los premiados (como el de Lupita Nyong'o) o del hecho de que los galardones acabaran bastante repartidos excepto en los apartados técnicos, en los que arrasó "Gravity". Que fuera la carrera más abierta de los últimos años, como se repetía en todos los medios especializados, no cristalizó en sorpresas reales, y parece que en la gala en sí tampoco hubo instantes que destacaran demasiado, con algunas excepciones. Por ejemplo, Bill Murray coló un breve homenaje a Harold Ramis, fallecido unos días antes, al final de la lectura de los candidatos a mejor fotografía, y John Travolta fue incapaz de pronunciar bien el nombre de Idina Menzel, llamándola en su lugar Adele Dazim, o algo así (y cuando Robert López y Kristen Andres-López ganaron por "Let it go", dieron un discurso rimado).

Las interpretaciones de las cuatro canciones nominadas (en versiones abreviadas) fueron de los escasos momentos musicales de la gala (ni siquiera hubo un número de introducción, que esto no son los Tony) y tuvieron su punto; U2 y su medio tiempo de estadio, la sensibilidad indie de Karen O y Ezra Koenig (de Vampire Weekend), el showstopper de Broadway de Idina Menzel y la fiesta buenrrollera de Pharrell Williams (que les sacó sus bailecitos a Lupita Nyong'o, Meryl Streep y Amy Adams). Sí, hubo homenaje a "El mago de Oz" con P!nk cantando "Over the rainbow", pero esta vez se habían propuesto sustituir las canciones de la gala del año pasado por montajes de diferentes temáticas. Lo que se mantuvo son esas combinaciones de presentadores que a veces resultan muy curiosas, como Joseph Gordon-Levitt y Emma Watson en plan mono, Viola Davis y Ewan McGregor (con un peinado extraño), Michael B. Jordan y Kristen Bell (o Vince y Veronica), Benedict Cumberbatch y Jennifer Garner, ese peculiar dúo de Angelina Jolie y Sidney Poitier y los guapos Chris Hemsworth y Charlize Theron. Pero, como siempre, las mejores galerías son las del backstage.

02 marzo 2014

Los premios no reconocen la calidad

Cada vez que estamos en el día que se entregan los Oscars, se repiten las mismas tertulias sobre las posibilidades de tal o cual película, y en ellas siempre se cae en el mismo error, que es suponer que es la calidad de esas películas lo que va a decidir si son merecedoras del premio. Esto lo hemos comentado en bastantes ocasiones anteriores, tanto referido a los Oscar como los Emmy, y es que no se puede ignorar la campaña de promoción hecha para posicionar mejor la película de cara a los galardones, para otorgarle mayor visibilidad que sus rivales o, simplemente, para situarla en el radar de los académicos, y que les suene cuando reciban los DVD.

Resulta un poco aburrido escuchar siempre las mismas quejas cuando la cinta que nosotros queremos que gane es derrotada por otra que nos parfece inferior; que si a los académicos no les gusta porque son unos conservadores, que si Los Ángeles estaba empapelada de carteles, que si sus responsables se han paseado por todos los eventos y programas durante los dos meses previos a la gala... Se esgrimen razones extracinematográficas como si fueran defectos, cuando en realidad son las que hacen que esas películas terminen alzándose con la estatuilla. Da lo mismo que tengas una obra maestra indiscutible si a nadie le suena, si su DVD se va al final de la pila de todos los que se envían a los académicos entre noviembre y diciembre, si no son capaces de poner cara a ninguno de los involucrados en ella. Podemos quejarnos de que este sistema de campañas de relaciones públicas no es justo y favorece a quienes tienen más dinero y una maquinaria mejor engrasada detrás (y es cierto), pero es así como funcionan los premios, y no puede ignorarse cuando se habla de ellos.

No se puede omitir que si "Crash" ganó a "Brokeback Mountain" fue, en parte, porque los votantes se vieron más representados en una historia coral de diferentes personas en Los Ángeles que, además, les podía hacer sentir mejor al tener personajes multirraciales. O que Harvey Weinstein y sus largas y acaparadoras campañas de promoción le dieron el premio a "Shakespeare in love", o que el secundario roba-escenas es más fácil que sea premiado porque es con el que la gente se queda enseguida al salir de ver la cinta, como pasaba con Penélope Cruz en "Vicky Cristina Barcelona" u Octavia Spencer en "Criadas y señoras". Y también nos empeñamos en descartar algunas ganadoras diciendo que "claro, es que son más del gusto americano", como si los Oscar se entregaran en Berlín. Precisamente, el gusto de los académicos, que en su gran mayoría son estadounidenses, determina quiénes se llevan los Oscars.

Podemos criticar todo lo que queramos el método actual de decisión de los nominados y de los ganadores, pero no se puede ignorar cuando se habla de las posibilidades de determinadas películas de ganar, o se intenta explicar por qué unas se quedaron fuera y otras acapararon nominaciones en casi todas las candidaturas. Tal vez la campaña de unas fue poco acertada y no llamó la atención de los votantes, u otras tocaban un tema que les interesaba inherentemente más. Pero sólo con su calidad no pueden aspirar a ganar nada, excepto nuestra admiración.

Música de la semana: Ya que estamos hablando de los Oscars, esta semana nos quedaremos con una de las canciones nominadas, "Happy", que Pharrel Williams interpretó para la banda sonora de "Gru 2".