03 junio 2014

Una serie de gente que habla

Clerks 2” no va a engrosar ninguna lista de las mejores películas de la década de los 2000, y tampoco ayudó a recuperar la carrera de su director, Kevin Smith, pero sí dejó para la posteridad un gran chiste sobre la diferencia entre la trilogía original de “La guerra de las galaxias” y la de “El Señor de los Anillos”. Sabiendo lo fans de la primera que son Jay y Bob el Silencioso, no es nada raro que Jay no tenga a la segunda en demasiada estima; para él, son películas de gente que camina. Curiosamente, “Juego de tronos” podría reducirse también a una definición en el estilo de ese gag y calificarse como una serie de gente que habla, aunque luego críticos y espectadores estén quejándose todas las semanas si no hay algún impacto, algún desarrollo inesperado de la historia o, por qué no, alguna muerte desagradable (pese a que luego bien que pondrán el grito en el cielo por su excesiva violencia).

James Poniewozik, el crítico de la revista Time, expresaba más o menos ese punto en su comentario de “The Mountain and the Viper”, el octavo episodio de la cuarta temporada de la serie. Literalmente, decía que “”Juego de tronos” es quizás el truco más elaborado que la televisión ha creado nunca para lograr que la gente vea una serie sobre diálogos, mientras les hace creer que es una serie sobre peleas. Sí, hay luchas con espadas y con lanzas; sí, hay dragones y magia en ocasiones; sí, hay pirámides y castillos con Puertas de la Luna; sí, hay suficiente violencia para que un hacha atravesando la cabeza de un hombre sea tal vez, tal vez, lo tercero más desagradable que vimos anoche. Y aun así, “Juego de tronos” nunca es más atractiva que cuando es simplemente una persona hablando con otra persona”. Es probable que lo hayamos comentado anteriormente, y en varias ocasiones, pero lo que Poniewozik apunta es cierto; la clave en esta serie está en los diálogos. Una conversación entre Catelyn Stark y Walder Frey es la piedra sobre la que termina edificándose la Boda Roja, y pocas escenas hubo en este 4x08 más intensas que dos escenas de gente hablando; una con Sansa frente a tres nobles y otra entre Daenerys y Jorah.

A “Mad Men” se le critica habitualmente que es una serie en la que no pasa nada. Sus personajes hablan y hablan, fuman, beben y miran al vacío, y en una temporada de 13 capítulos puede ocurrir algo verdaderamente monumental en uno, quizás el último. El quid en “Mad Men” está en que sí pasan cosas, a veces muchas, pero están pasando en las caras de sus protagonistas, en las palabras que intercambian. Y esto une a la serie de AMC con “Juego de tronos”, por muy improbable que pueda parecer. La clave para entender muchas de las cosas que pasan en ella, y para no sentirse completamente perdido en algunos momentos, es prestar atención a lo que los personajes se dicen y a lo que se callan, hasta a las historias que se cuentan unos a otros. Esas menciones que ha habido a lo largo de estas cuatro temporadas a los inicios de la guerra que derrocó al Rey Loco, a lo que Ned, Robert y Rhaegar Targaryen estaban haciendo antes de esa guerra, a los recuerdos de juventud de Catelyn, Lysa y Petyr en Aguasdulces ayudan a que comprendamos mejor lo que estamos viendo, a que no tengamos que preguntar qué es lo que acaba de pasar con Jorah Mormont (me sorprende que en Vulture hayan tenido que explicarlo, cuando es algo que se ha mencionado unas cuantas veces).

“Juego de tronos” no es una serie de acción trepidante, aunque justo sean cosas como la batalla del Aguasnegras o la Boda Roja las que más se recuerden después. Es una serie construida sobre diálogos y relaciones personales, en la que una mirada o un mero cambio de vestuario resultan igual de cruciales que un juicio por combate. Si  “The good wife” se parece a los San Antonio Spurs, y la última temporada de "Breaking Bad" fue los Miami Heat, “Juego de tronos” es los Oklahoma City Thunder.

02 junio 2014

Otra de piratas

En la ficción también hay tendencias estacionales, como en la moda. Un invierno pueden llevarse las camisas de leñador y las series musicales, y al siguiente verano, las sandalias de plástico con tacón y los títulos de piratas. Es curioso ver coincidir en el mismo año dos series centradas en los corsarios y en su relación con la Corona de Inglaterra y sus enemigos, ya fueran los españoles o los franceses, y es curioso porque que pertenezcan una al cable y la otra a una network dicta en parte las diferencias entre ellas. Lo que en “Black Sails”, de Starz, eran unos títulos de crédito espectaculares, una batalla naval inicial con gran fuerza, los desnudos y la violencia explícita a los que la cadena nos tiene acostumbrados y un final de capítulo que presentaba el “misterio” de la temporada, en “Crossbones” es un enfrentamiento entre navío inglés y barco pirata muy deslucido, un “misterio” que da tres vueltas antes de asentarse en lo que parece que va a ser el armazón temático para el resto de capítulos, un desnudo desenfocado en segundo plano y un primer episodio que avanza muy a trompicones.

Es curioso que dos directores curtidos en el cine de terror, y que ahora casi trabajan más en televisión, como Neil Marshall y David Slade sean los responsables de ambos capítulos, pero en “Crossbones” no se nota la personalidad visual que Slade imprimió a los pilotos de “Awake” y “Hannibal”, por ejemplo. Es cierto que la serie de piratas, creada por Neil “Luther” Cross, es algo bastante más convencional, pero se echa en falta un poco más de nervio. En teoría, deberíamos darnos cuenta, en cuanto llegamos a la isla de Barbanegra, que ahí todo el mundo es un traidor en potencia y todos buscan el modo de hacerse con el control del lugar, pero la cosa se queda en monólogos para John Malkovich (un poco al estilo de James Spader en “The Blacklist”) y la presentación de ese espía-médico que recuerda al doctor Maturin de los libros de Patrick O’Brian, y cuya misión no es más que un enrevesado macguffin. Cuál será su objetivo más adelante puede determinar si se vuelve un poco más interesante, y su relación inicial con la noble inglesa buscada por traición puede salirse de los clichés.

En “Crossbones”, ambientada más de un siglo antes que “Black sails”, los siguientes capítulos pueden mejorar esa impresión de desconexión entre sus partes que ofrece el primero. Éste está aquejado de ese habitual mal de querer contar demasiadas cosas, lo que termina interfiriendo en la labor de presentación de personajes, y aunque la entrada en escena de Barbanegra está planeada para que sea un impacto, se queda un poco a medias. Le falta algo más de personalidad propia, pero también es cierto que un objetivo más claro para sus personajes puede ayudar a que termine siendo al menos entretenida. ¿Realmente aprovecharán esa subtrama sobre los enemigos internos de Barbanegra? ¿Se mantendrá Thomas Lowe leal a la Corona, aunque está claro que su jefe (un Julian Sands especializado en tipos sádicos) puede ser todavía peor que el pirata? ¿Y qué papel jugará finalmente la noble inglesa?

Lo más curioso de “Crossbones” es ver que, junto a Malkovich, los otros protagonistas de la serie son un Richard Coyle que era un garda irlandés alcohólico en la muy divertida “Grabbers” (y que ahora tiene una comedia romántica con Leonor Watling, “Amor en su punto”) y una Claire Foy que se dio a conocer con “Little Dorrit”, y que ha estado de aquí para allá entre la televisión británica y cintas históricas al lado de Nicolas Cage.

01 junio 2014

El corazón indignado

En Estados Unidos, "The normal heart" está considerada una cumbre del teatro de agitprop nacional, o lo que es lo mismo, agitación y propaganda, un tipo de teatro muy político que lo que busca es indignar al espectador y llevarlo a que tome parte activa en cambiar lo que la obra quiere denunciar. En 1985, cuando la obra de Larry Kramer se estrenó en Nueva York, lo que él quería era concienciar al público de que el sida era algo que había que tomarse en serio, que había que hacer algo para intentar evitar que más hombres jóvenes murieran por su culpa, que había que tratarlo como una plaga contagiosa y peligrosa en lugar de arrinconarlo en un gueto y pensar que, como tú no estabas en el colectivo de hombres homosexuales que lo sufrieron inicialmente, podías ignorarlo y evitarlo, no sea que fueran a etiquetarte como un indeseable. Kramer estaba realmente enfadado cuando escribió la obra y buscaba exactamente lo mismo que su protagonista y alter ego, Ned Weeks; sacudir conciencias, despertar no sólo a sus compañeros en el movimiento pro-derechos de los homosexuales, sino a la población en general. Para él, era un tema de derechos civiles y de crisis sanitaria, y la vehemencia y la pasión con la que defiende esos puntos de vista en la obra llevaron a que gente como Barbra Streisand quisieran llevarla al cine.

Pero han tenido que pasar casi treinta años, y un revival en Broadway hace dos o tres, para que finalmente fueran Ryan Murphy, Brad Pitt como productor y HBO los encargados de hacerlo. Murphy, además, ha aprovechado el estatus que ha alcanzado en Hollywood para reunir a un reparto muy conjuntado, liderado por un Mark Ruffalo que transmite perfectamente la rabia y la indignación de Ned, y como éstas nacen  de la tremenda tristeza e impotencia de ver cómo el amor de su vida se muere ante sus ojos sin que pueda hacer nada para evitarlo. Ned, además, puede ser el protagonista, pero su entrega total al movimiento, y su voluntad por intentarlo todo para lograr que alguien les escuche, lo alienan de sus amigos, que consideran que los humilla, que les destroza la vida (una vida en la que, públicamente, no dicen que son gays para no perder la posición que tienen) y que no hace más que dejarlos en mal lugar y avergonzarlos. Pero esa indignación de Ned es la que impulsa toda la película.

De hecho, aunque gran parte de la historia se centre en la relación entre Ned y Felix (la "The normal heart" televisiva está construida dando mucha importancia a su historia de amor), es la ira del primero lo que la mantiene en movimiento. Todos los personajes están asustados, enfadados, frustrados o simplemente resignados a intentar dar a los moribundos el trato más humano posible en esos últimos momentos y, en ese aspecto, dar un centro emocional con la relación de Ned y Felix ayuda a encontrar algo personal a lo que agarrarse. Pero, al final, "The normal heart" está más cerca de algo como, por ejemplo, "Erin Brockovich" (no por nada está Julia Roberts como una médico desesperada por lograr financiación para estudiar la enfernedad), aunque Murphy, como director, nunca será Steven Soderbergh. A pesar de algunos excesos iniciales, está bastante contenido y, en su mayor parte, deja que los actores transmitan las emociones de la historia, pero esto no es una historia de añor, o una bonita historia de redención personal. "The normal heart" está llena de rabia, treinta años más tarde busca que no vuelva a repetirse una situación similar.

Música de la semana: "Mad Men" cerró la primera mitad de su séptima y última temporada con un episodio en el que se marcó uno de sus escasos, pero muy eficaces, momentos musicales. En este caso, fue Bert Cooper quien cantó y bailó "The best things in life are free", una vieja canción de un musical de los años 20 que permitió a Robert Morse desempolvar las capacidades que le dieron un Tony en 1962 por "How to succeed in business without really trying", o "Cómo triunfar sin dar golpe", que es como se llamó en España la adaptación al cine de 1967. La versión que vamos a elegir de "The best things in life are free", sin embargo, es un poco diferente, porque la interpreta la Melbourne Ska Orchestra.