06 junio 2014

La voz fantasma

 
Una de las historias detrás de las cámaras más célebres de Hollywood gira alrededor del rodaje de “My fair lady”, una adaptación al cine de un musical que, a su vez, era una adaptación de la obra de teatro “Pigmalión”, de George Bernard Shaw. El musical se estrenó originalmente en Nueva York, en 1956, con un actor bien establecido como Rex Harrison como Henry Higgins y una entonces todavía joven y desconocida actriz, llamada Julie Andrews, que había actuado en el West End desde que era una niña, dando vida a Eliza Doolittle, la joven de la calle a la que Higgins quiere “moldear” y transformar en una dama de la alta sociedad. El musical fue un éxito y, en 1964, George Cukor se encargó de llevarlo al cine con la idea de que fuera el reparto original de Broadway quien lo interpretara en la pantalla. Con Harrison no hubo problema (ya había sido antes Julio César en aquella “Cleopatra” cuyo rodaje tuvo más que ser más la guerra que el de “Apocalypse Now”), pero el estudio no veía nada claro que Andrews volviera a asumir el papel de Eliza.

La actriz era conocida en los círculos teatrales, pero nada más, y preferían a alguien más famoso para atraer al público al cine. Así fue como Audrey Hepburn, que ya tenía un Oscar  por “Vacaciones en Roma”, acabó protagonizando la película y Andrews se convertiría en toda una estrella al asumir el rol de la institutriz cantarina de “Mary Poppins”. Pero había un pequeño problema, y es que cantar no estaba entre los talentos de Hepburn. Ella lo intentó, y hay una versión de “My fair lady” que mantiene su versión de las canciones, pero no estaba a la altura de lo que se necesitaba. Así que el estudio recurrió a Marni Nixon, una soprano que estaba más que acostumbrada a doblar las voces de los actores en películas musicales. La propia Nixon recordaba hace algún tiempo su experiencia para The Guardian, rememorando que era una práctica muy habitual en Hollywood en aquella época (una práctica que se retrata perfectamente en “Cantando bajo la lluvia”, en la que Nixon también participó, brevemente), y siempre que se habla de musicales de los 50 y los 60, es inevitable mencionarla. Aunque su nombre nunca figuró en los títulos de crédito.

De hecho, en el podcast de The Ranking Club dedicado a los musicales recordamos a Nixon al hablar de “West Side Story” (donde dobló a Natalie Wood) y de “Sonrisas y lágrimas” (donde era una de las monjas del convento en el que estaba Maria, a la que interpretaba Julie Andrews), y no viene nada mal acordarse de ella aprovechando que el domingo se entregan los Tony, los premios del teatro neoyorquino (en las nominaciones de musical hay varios actores que dan vida a personas reales, aunque lo de Audra McDonald con Billie Holiday probablemente no pueda igualarse). Así que vamos a recordar algunas de aquellas participaciones de Marnie Nixon que no se reconocieron como tales hasta mucho tiempo después.

- "El rey y yo": Ésta es curiosa, porque Nixon cuenta que ella y Deborah Kerr trabajaron muy de cerca para que las interpretaciones de actriz y cantante estuvieran perfectamente sincronizadas, y que de hecho fue Kerr quien "rompió" el secreto que había alrededor de aquellos doblajes y contó el papel de Nixon en la película en una entrevista.

- "West Side Story": Aquí estaba todo el mundo doblado, no sólo Natalie Wood, pero Wood se enteró prácticamente cuando vio la película terminada.

- "My fair lady": Audrey Hepburn llegó a grabar todas las canciones, pero al final, acabó doblada por Nixon. Sin embargo, hay numerosos vídeos del trabajo inicial de Hepburn.

- "Las caballeros las prefieren rubias": En este caso, la labor de Nixon era solamente apoyar las notas altas, a las que Marilyn Monroe tenía algunas dificultades para llegar.

- "Mulan": Sí, Nixon puso voz a la abuela de Mulan, pero sólo en las canciones. Lo que cual no deja de ser gracioso porque en "La cenicienta" ya cantó el tema inicial y en "Mary Poppins" puso voz a las ocas de "Jolly Holiday".

Y aunque en "Cantando en bajo la lluvia" no participó ella, no deja de ser curioso que en una película en la que el personaje de Debbie Reynolds doblaba al de Jean Hagen, la propia Reynolds fue sustituida por otra "voz fantasma", la de Betty Noyes, en el tema "Would you?" Noyes, por cierto, cantó también "Baby mine", la canción de la madre de Dumbo. Y ya como curiosidad, uno de los hijos de Marni Nixon era Andrew Gold, fallecido en 2011, y que compuso "Thank you for being a friend", la canción de "Las chicas de oro".

P.D.: A todo esto, la foto corresponde a "Sonrisas y lágrimas" y uno de los escasos momentos en los que Marni Nixon apareció en pantalla. Es la segunda monja por la izquierda.

05 junio 2014

En defensa de Piper Chapman

El viernes, Netflix cuelga la segunda temporada completa de “Orange is the new black”, y teniendo en cuenta su rápida ascensión al Olimpo de las series más comentadas y analizadas desde el pasado verano, no es de extrañar que se lleven sucediendo los artículos más diversos sobre ella desde hace unas semanas, cuando los críticos tuvieron la oportunidad de ver los capítulos iniciales de la nueva entrega. Hay curiosidad por ver si estará a la altura de las expectativas que la propia serie creó con su primera temporada, toda una revelación de drama, humor, giros inesperados y una variedad de personajes femeninos que deja a las series de Shonda Rhimes y su alabada diversidad casi a la altura del betún, y que así logre evitar “el mal del segundo disco”, pero también han ido surgiendo otras historias bastante curiosas, que hablan principalmente sobre cómo la coralidad de “OITNB” es su principal punto fuerte y cómo casi estaría mejor sin Piper Chapman, su principal protagonista.

Realmente, Piper es la excusa que Jenji Kohan, su responsable, utiliza para contar las historias de mujeres de grupos raciales, ideologías políticas y orientaciones sexuales que, de otro modo, no tendrían tan fácil verse en televisión. En más de una entrevista, Kohan ha apuntado que Chapman es el “caballo de Troya” que utilizó para vender la serie; tal y como funciona Hollywood, resultaba más sencillo “colar” el concepto de “OITNB” si su protagonista era una chica blanca y rubia, de clase media alta, universitaria y que vive en Brooklyn, que si fuera Gloria, la latina, cuyo idioma materno es el español, con cuatro hijos y proveniente de un barrio mucho menos hipster y de moda. El golpe maestro de la serie es exactamente ése, que Piper no oculte al resto de reclusas y que impulse que se cuenten las historias de esas otras mujeres, pero eso no es óbice para que decidamos que sería beneficioso que “OITNB” continuara sin ella.

La serie sí puede aguantar tantas temporadas como “Urgencias” utilizando su mismo truco, la renovación periódica de su reparto, porque la cárcel ofrece una excusa muy plausible para que los personajes dejen de aparecer, y es cierto que el conjunto de actrices, principalmente, es lo suficientemente potente para que algunos de ellas desaparezcan durante periodos de tiempo y no notemos su ausencia (sí, aunque ese personaje sea la carismática Alex Vause), pero Piper Chapman es algo más que un mero caballo de Troya o un macguffin. Su evolución de chica “buena” y aterrorizada a alguien más complejo, que no tiene tan claro quién es y que se adapta a utilizar las “armas” a su disposición para conseguir sus propósitos, resulta muy interesante y, aunque puede llamar menos la atención que la historia del cambio de sexo de Sophia, o que la relación de Red con la mafia rusa, muestra igualmente a alguien con sus luces y sombras, que puede tener buenas intenciones, pero que puede hacer cosas terribles motivadas por ellas.
                                                                                                                                                         
Ya comentamos al final de la primera temporada que Chapman está en la línea de esos personajes femeninos que, al menos en teoría, son el centro de sus series y que renuncian a ser simplemente simpáticos, o adorables, o de una pieza, o que buscan el cariño y la aprobación del público. Al igual que Hannah Horvath, Nancy Botwin o Jackie Peyton, de Piper vemos sus buenos momentos y los malos, sus defectos y virtudes, vemos una persona, más que un personaje bidimensional en una pantalla. Eso es siempre mucho más atractivo.

04 junio 2014

Los problemas del sheriff

 ALERTA SPOILERS: Si no habéis visto como vuelve "Longmire" cvon su tercera temporada, no sigáis leyendo. Y si no habéis visto ni un solo capítulo de la serie, echadle un vistazo.

Que un procedimental del cable básico arranque su tercera temporada como si no hubieran pasado nueve largos meses desde el final de la segunda, haciendo que 2x13 y 3x01 sean en realidad un capítulo doble, no es lo más habitual, y menos en una cadena como A&E. Pero “Longmire” ha ido ganando cada vez más confianza en sí misma desde que le proporcionó al canal su primer éxito con la ficción de producción propia, permitiéndole luego meterse en aventuras como “Bates Motel”, así que no es de extrañar que iniciaran su nueva tanda de episodios buscando no perder la inercia que habían adquirido con la investigación de Branch de los negocios turbios de Jacob Nighthorse, una investigación que le obligaba a replantearse en quién depositaba sus confianzas y casi qué tipo de hombre de ley quería ser. No es que estas tramas tan serias y trascendentales sean el fuerte de la serie, pero al menos les permiten empezar de nuevo con fuerza.

Eso sí, no es un capítulo para que se enganche gente que tuviera curiosidad por ver de qué van las peripecias de este sheriff de Wyoming sin haber visto nada anteriormente. Habrá que comprobar si este arranque es indicativo también del resto de la temporada, y Hunt Baldwin y John Coveny van a apostar por una narración más serializada que se centre, principalmente, en las consecuencias que tiene para el entorno de Walt su investigación de quién mató a su mujer. Con Henry en la cárcel y su mayor activo para salir de ella, el enforcer indio Hector, dado a la fuga, parece que esa línea argumental puede ocupar buena parte de, al menos, la primera mitad de la temporada. Aunque no sea, como decimos, lo que se les da mejor, tiene la ventaja de que permite que las relaciones entre los personajes continúen evolucionando y afianzándose. Vic ha conseguido, por ejemplo, que Walt le cuente qué está pasando con Henry, un paso más en la que bien puede ser la dinámica más entretenida de ver de todo “Longmire”, si descontamos cualquier interacción de Ferg con el resto de la comisaría.

No se puede hablar mucho más de este “The White Warrior” que abre la tercera temporada hasta que no sepamos cómo va a seguir la historia. Su final queda también abierto, con lo que lo iniciado casi en el penúltimo episodio de la segunda entrega aún va a continuar desarrollándose en el próximo capítulo. Y todo esto, con la historia de Vic y su acosador de Filadelfia de momento en segundo plano. Cuando hablamos de la temporada anterior, ya apuntamos que para títulos como “Longmire” era muy habitual apostar a estas alturas por este tipo de tramas, que implican más profundamente a los personajes, para darles más matices y ayudarnos a conocerlos mejor (y a que nos preocupemos más por ellos, una vez que hemos tenido como mínimo una temporada para familiarizarnos con el reparto), y para algunas de esas series terminan representando un salto de calidad, una sensación de que todas las piezas encajan.

En “Longmire”, las piezas ya encajaban antes, si bien es cierto que algunos casos podían ser demasiado livianos, y elevar la intensidad dramática da a los personajes diferentes metas, pero no es necesariamente lo que saca lo mejor de la serie. En este primer episodio de la tercera temporada, por ejemplo, el mejor momento de Vic es justo el menos intenso, que es su reacción al exabrupto del padre de Branch de que le quite la mano de encima, y el diálogo más logrado con Walt es el que mantienen mientras repasan las fechas de determinada Superbowl para completar la combinación de la caja fuerte de Henry. Los alérgicos a los procedimentales probablemente no puedan extraer ningún entretenimiento de “Longmire”, pero para los demás, la temporada arranca de un modo en el que hay curiosidad por ver cómo van a seguir.